Desde C., 10 de julio
Querida Isabel:
Intento
no pensar en tu ausencia, han pasado muchos años desde que te vi por última
vez, casi treinta y cuatro años. La alegría que me invade al recordar lo que
viví a tu lado, el amor que me tuviste y la continua insistencia en que yo podría
ser alguien más allá de mis posibilidades, las guardo en el corazón y trato de
desempolvarlas cuando el cansancio de esta vida, trata de invadirme y llenarme
de tristeza. Hay una gran dificultar para ser feliz cuando el imperativo
categórico de mi noción de felicidad se vuelve proporcional a la distancia
entre el ser que amo y mi sentimiento de amor hacia él. Me gustaría pensar en
tu sonrisa, en los días en que me bastaba con correr a tus brazos para sentir
lo que era el paraíso. Más desisto, requiero seguir caminando en este laberinto
de mi soledad, que se bifurca cada vez más entre el hastío de mi cotidianeidad
claústrica y la inminente y eventual fatiga de seguir luchando una guerra
perdida.
Siempre
pienso que fallé en algo para que tú te fueras, a pesar de que era un niño de
apenas once años; no es la culpa, es ese sentimiento de haber podido ser mejor.
Cada año trato de recordar cuál fue mi error, porque mi Dios eligió que viviera
tu ausencia. No lo culpo, no lo cuestiono, no intento comprender cuál es la
razón para conocer a alguien, amarla con todo el corazón y un día, así nomás,
perderla para siempre. Me haces falta Isabel, como a aquel espantapájaros le
hacía falta un cerebro, o como al hombre de hojalata un corazón y al león, el valor.
He perdido un corazón, el valor y mi infinita inteligencia. Y como a Doroty, he
olvidado el camino a casa. Y me alejo en un olvido que nada podrá llenar, en un
sufrir que no es importante para nadie. Todos me dicen que requiero soltar, que
abandone mis recuerdos, y no puedo olvidar tu sonrisa Isabel, tu independencia,
tu emprendimiento y tu forma tan autónoma de ser a pesar de Alberto.
Mis
recuerdos son la forma de mi ser. Educado en el amor, soy amor y olvido; nadie
me enseñó a dejar de amar, aprendí a ser en el amor a partir de conocer al amor
eterno de mis padres; y ellos no fueron perfectos, tuvieron sus discusiones y
sus errores, y sus malas elecciones o sus pésimas decisiones, pero nunca
dejaron de luchar para intentar hacer de su relación una sociedad que
sobrevivió treinta cuatro años. Y cuando recuerdo esa pieza de danzón que
bailaban, las peleas en la calle por no darle la razón a ella, él; las veces en
que mi padre se levantaba en medio de la noche, por indicación de ella, a
calentar algo para el hijo enfermo de turno, o cuando recuerdo las lágrimas de
mi padre que le sobrevivió veintidós años a su muerte; pienso en qué hice mal
para no poder ser como ellos, para no poder sostener una relación con otro que,
en un momento dado, me eligió por alguna razón.
No es fácil
aceptar que no somos perfectos. Lamento haber arruinado algo tan hermosos como
el amor que un día nos tuvimos. Pero no estoy dispuesto, en este momento, a desistir
y soltar, abandonar esto que siento, a pesar de que todos me digan que hay que
continuar con el destino. ¿Obsesivo?, no; ¿terco?, tampoco; ¿ingenuo?, un poco;
¿loco?, desde hace más de cuarenta y cuatro años. Sin embargo, mi locura es esa
realidad que la mayoría desearía conocer y que me inspira y me mueve más allá
de lo que cualquiera pueda imaginar. Saben, cuando pienso en qué diría Isabel
de todo esto, seguro pensaría que ninguna mujer me merecería; pero, no obstante,
sería evidente que dejaría que yo amara a quién mi corazón eligiera, aunque
hacer esto, al mismo tiempo, me hiciera tan infeliz. No sé, la vida, mi vida,
se torna azul en algunos momentos. Y cuando ese azul se intensifica, amanece un
día, y vuelve a ser gris. Y son mis lágrimas ocultas, detrás de mis sonrisas,
que van haciendo meya en mi fatigado corazón.
Isabel,
¿cómo puedo pensar que nunca más te volveré a ver? Si fuiste flor cuando el invierno
estuvo en mi presencia, cuando tu aroma a plenitud devolvió la esperanza a mi
fatigado corazón, cuando escapábamos a la eternidad en un laberinto de
incertidumbres, cuando la noche conocía nuestros nombres. Sé que es difícil que
esperes que este noumeno encuentre el
camino a Kansas de nuevo. Que tu paciencia, que nunca ha sido óptima, alcance hasta
que un día, yo pueda mostrarte los logros que voy a tener para que te sientas
tan orgullosa de mí. Isabel ¿Cómo le hiciste para poder vivir tantos años con Alberto
y no morir en el intento? Porque aún antes de fallecer, tuviste la fuerza para
recibir en tu corazón un ángel que me ayudo a vivir esos primeros años de tu
ausencia. Y si hubieses vivido veinte años más, no te habrías dado por vencida,
no habrías dejado que yo me diera por vencido, quizá habrías insistido en que
luchara por el amor y no por mis sueños. Sé que, a tus ochenta y siete años, si
aún estuvieras viva, habrías sonreído y me hubieras dicho: “mijo, si te
equivocaste, vuélvelo a intentar, pero de forma diferente”. Y hubiese podido
llorar en tu regazo porque para las madres siempre seremos los eternos hijos.
No sé,
nunca seré padre, elegí hace mucho olvidar ese imperativo fisiológico, pero
entiendo lo importante que son los hijos para sus padres, y sé que Isabel desearía
que yo fuera tan feliz, y que estuviera con una persona que fuera feliz. Pero
también entiendo que mi sentimiento de ausencia sabotea mis intenciones de
lograr hallar los espacios de felicidad, los momentos de alegría, las virtudes
perdidas, la imaginación de los eternos bosques de laberinticos sueños. Que mis
miedos y mis temores muchas veces pueden ser más fuertes que mis ilusiones y
mis fantasías. Sé que un día Isabel supo que podría ser tan poderosos como mis
sueños. Y que hubiese querido que mi aletargamiento y mi diletantismo no
detuviera mi ascenso hacia los lugares edénicos. Y no sé qué es eso que me
detiene a cada instante y me obnubila mis pensamientos y dejo de creer en mí. Y
dejo de pensar en que puedo ser otro más allá de mí
Querida
Isabel, ¿cuántos años podré ser feliz? ¿en qué momento te habré perdido? ¿nunca
te volveré a ver en esta vida? ¿habrá existido nuestra historia en algún
universo donde viviríamos felices para siempre? ¿debería darme por vencido y
dejar que la vida, mi vida, se convierta en una eterna muerte sin sentido, en
una eterna muerte sin fin? A cada instante busco respuestas, trato de no pensar
en el sinsentido de mi vivir sin vivir. No
encuentro el sentido de haberte conocido si te perdería para siempre, para
nuestra eternidad; algo más debe de haber. Somos esos personajes que tiene que
luchar para lograr ser felices al final del cuento. Yo seguiré luchando,
seguiré buscando una puerta a otra dimensión, que nuestro autor sienta que no
debemos terminar nuestra historia separados. Por qué sé que Alberto e Isabel ahora
están en su paraíso de nuevo juntos; y discutirán, y se pelearan, y bailaran, y
se amaran eternamente. Y aunque mi corazón se sienta triste cada vez que
recuerdo a mi primera Isabel, que sienta dolor al recordar a Alberto, que siga
sin entender por qué debo estar alejado de ti, del amor de mi vida, y por qué
un Dios misericordioso puede elegir apartar a dos seres que un día se amaron;
tengo una ligera esperanza que ese mismo Dios, se arrepienta de lo que eligió y,
compasivo, permita que tú y yo, escribamos un nuevo fin a nuestra historia.
Isabel,
en dos días cumplirás treinta y cuatro años de que partiste de mí. Mi corazón
aún late intensamente cuando te recuerdo. Ya no soy ese niño que soñaba con
estar en tus brazos, que pensaba que cualquier sueño con el amor se podría
lograr. No podré olvidarte por más que lo intente. No sabré si podré perdonarme
algún día. Cada día busco ser mejor y cometer menos errores. Todos los días quiero
superar algo, corregir algo, vivir para que un día pueda hacerte feliz y ser feliz.
El olvido puede comprarse con un montón de tiempo, los recuerdos se compran con
monedas del corazón. Espero que un día esta noche oscura e incierta que
envuelve a mi corazón, se disipe; y que el alba de tu sonrisa, amanezca mis
sentimientos y pueda en un beso instantáneo, despertarme de la pesadilla de tu
ausencia. No obstante, si no fuera así, juro que viviré para recordarte y para
escribir historia donde tú puedas ser feliz.
José Escot Genderley.
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