¿CÓMO EMPEZAR UN CUENTO?
¿CÓMO EMPEZAR UN CUENTO?
Paciente Lector:
Por donde
empezar. Hay ocasiones en que parece que no necesito decir nada, que debiera
callarme y seguir fingiendo una sonrisa petrificada. Que alrededor de mí no
vuelan moscas impidiéndome concentrarme en algo que resulta ser lo que me hace
escribir. Por donde empezar. Si miro la hoja electrónica y el parpadear del
cursor que vomita letras que al parecer sólo se repiten ad infinitum. Siempre sin
poder contener ni la mínima exactitud de la sustancia que deseo expresar. Es
decir, por más que escriba jamás lograré dar a entender lo que en realidad
pretendo comunicar. No es el mundo, soy yo. No soy yo es el mundo. Y en sí, la
medida de mis huellas, que se desbordan ante lo inexplicable. Porque cómo
comprender que rodeado esté de problemas y soluciones a la vez. O cómo expresar
que me entristece el cause del río que sigue la corriente. Si cuando los
escritores, esos que renombran las cosas, como los poetas, son tan meticulosos
en su praxis. Y uno, no puede talachearle, congestionar sus pulmones en y de
literatura, llenar de callos las yemas de sus dedos, con el simple pretexto que
las “musas” (lo pongo entrecomillado pues hay quienes discuten su
pragmaticabilidad en la escritura) no acuden a la cita puntual nocturna. Ahora,
mírenme, he dado en aludirme en el gremio de aquellos bienhechores escribanos.
Me he autoproclamado escritor cuando la luz no ha visto escrito alguno de mi
insulsa pluma. Pero, uno tampoco comprende ese afán exagerado de los novicios
en dar a la imprenta cualquier divagación de la mente, que, en una fumada de
algún alucinógeno, el cual puede ir desde el chocolate hasta la televisión,
salen textos o escritos que bien podríamos elidir de nuestras lecturas
cotidianas; y no lo comprendo porque, al fin y al cabo, quizá, perseguimos lo
mismo. Y a la inversa, si dejaran, de repente, de ser escritos todos esos
microorganismos lecturales cómo obtendríamos una evolución hacia organismos más
desarrollados. Ergo, sigo sin aludir al verdadero interés que me prestó minutos
para escribir esta noche. Son varios y ninguno. Por un lado, esa incapacidad de
expresar con el lenguaje oral ciertas ideas que están diletantes en mi
conciencia; y, por el otro, esa vanidad que hace que uno crea que puede aportar
algo en este microuniverso. Porque hay tanto que escribir y nada nuevo que
contar que podemos empezar a cincelar letras y al acabose nos damos cuenta que
el mármol siempre muestra algo que por sustancia trae dentro. Un ejemplo, del
primer caso mencionado (las ideas latentes) podría ser la critica que, desde
hace dos meses, he querido escribirle a mi amigo Don Palabras con referencia a
un cuento que con singular amistad me hubo enviado. Aquí hago una pausa larga
para que el lector decida si quiere seguir leyendo o abandonar este escrito.
El pasado veintiocho de junio o julio, la fecha exacta se me
escapa en este momento (habría de perseguirla para concretizar) el antes
mencionado escritor Don Palabras enviome un cuento que por título tenía Voyeur
(como ya sabemos esta palabra, en galo, significa mirar) durante estos dos
meses, quizá tres, he querido hacer una reseña crítica para mi estimable amigo;
sin embargo, siempre surgía –surge aun en estos momentos- una palabra que me
atemorizaba –aun me atemoriza-; dicha palabra es apología. Cómo criticar un
texto de alguien, a quien estimo y respeto, sin parecer que se le esta
apologizando; es decir, encumbrando por el hecho de ser un conocido y, más aún,
ser un gran amigo. Quisiera decirle (y pongo el quisiera pues con exactitud leerá o llegará a sus oídos dicha
critica, que pienso proponer, en un futuro) que me ha agradado su cuento, pero
decir que nos agrada un texto es marginarlo a una subjetividad sin darle un
valor formal, intentaré adentrarme un poco más al contenido del escrito. Desde
la perspectiva que nos muestra el narrador omnisciente se nos dibuja un cuadro
realista, en el sentido de que lo que estamos presenciando es un hecho fáctico,
propio de una realidad en marcada dentro de la ficción; no obstante, sólo al
final, en el desenlace, caemos en la cuenta que ese acto de realidad, se ha
transformado en una ficción dentro de la ficción. Un hombre observa como una
pareja tienen relaciones sexuales y se involucra dentro de la trama de su
propia ficción, haciéndonos creer que la esta viviendo sensorial y corpóreamente.
Pero, el drama se vuelve un laberinto textual cuando, hasta el final, nos damos
cuenta que existe otra ficción dentro de esa ficción, cabría decir una
metaficción. La cual, nuestro narrador, por medio de curiosas prolexis, ya nos
ha anticipado de antemano. Creo que debo aclarar algunas dudas. Efraín ve una
película erótica, donde Marcelo (que al final sabremos porque es aludido
siempre como José) le hace el amor a María. Esto no tendría nada de relevante
si no fuera porque ambos fingen no conocerse y al final resulta que son esposos
jugando juegos eróticos. Toda la historia gira alrededor de ese placer que se
experimenta a través del contacto sexual de dos personas compenetradas.
Entonces, tenemos una ficción prístina que es un cuento llamado Voyeur, la
siguiente capa nos muestra a un tal Marcelo y una tal María que, sin conocerse,
hacen el amor a sus anchas; y, hacia el final de esta pirámide invertida (no
viene al caso este término, pero se me ocurrió), se encuentran José – que finge
ser Marcelo- y su esposa María. Haré otra pausa larga, para aquellos que
necesiten un respiro para decidir si deben continuar leyendo o buscar otra
actividad más productiva.
El lector incrédulo pensará que he mencionado aquella vasta
palabrería con el ánimo de engrandecer la soberbia de mi, tan mencionado,
colega. El lector versado creerá que me he inventado una sarta perorata para
tener que escribir. Sin embargo, no es sólo eso – lo que he mencionado antes,
en el párrafo anterior- lo que me hace elogiar dicha lectura. No, hay que
mencionar evidencias. Una de ellas es que el texto empieza con un dialogo entre
Marcelo y María, lo que al lector normal le haría inferir que son parte de la
trama principal. Además, el punto de vista de Efraín que es como una cámara que
los mira – debemos recordar que es así, por ciento, como debe ser descrito
dicha metaficción. Y, aunque hay varios indicios durante toda la narración de
que nuestro protagonista en realidad mira una película, está tan bien diseñado
el ambiente y la atmósfera, que, como todo cuento bien escrito, se nos pasa por
alto sin perjuicio de que al final caigamos en la conclusión verosímil de lo
que ha pasado. Una muy clara evidencia, por supuesto, que cada cierto tiempo
nos es mencionada, es que Marcelo es en realidad José; otra, el desface del
tiempo y la sincronía con la acción del personaje. Ese desajuste en el tiempo,
lo encontramos en que Efraín está recordando lo que minutos antes ha pasado, la
relación sexual; pero, por otro lado, se da una convergencia en el tiempo al
hacernos suponer que el vouyerista esta presente en el acto de mirar en res propia. Mil disculpas amigo lector
si utilizo latinismos que quizá no son acordes con la retórica que voy
siguiendo. Pero lo que trato de explicarte es que la narración nos convence que
Efraín, de verdad, observa a una pareja haciendo el amor, y no una película.
Otra evidencia metatextual, se nos ofrece en el epígrafe del poeta Jaime
Sabines, deseo citarlo en forma textual para no caer en plagios “Te pones a
flirtearme como a un desconocido/ Y yo te hago la corte ceremonioso y tibio/
Pienso que soy tu esposo/ y que me engañas conmigo”. Podría mencionar otros
ejemplos para hacer más fehaciente mi exposición; sin embargo, desistiré de
ello, no sin antes robarle una línea a mi compañero Don Palabras. Así, durante
la narración se menciona: “Que cabrona, le dice Efraín como si deseara ser
escuchado”. En unas palabras, nos muestra la ambigüedad de una participación
fáctica y ficcticia. Se nos hace pensar que el personaje en realidad habla con
otro personaje; no obstante, ese “como si deseara”, nos muestra dos
alternativas. Una, que Efraín los observa sin ser observados; u otra, que en
realidad aquellos no pueden escucharlo – pues se trata de unos personajes de
otra ficción- Aunque, no he acabado aún con esta crítica, creo que merecen (mis
pacientes lectores) otra pausa larga para hacer lo que chingados quieran.
He hablado demasiado (y aquí el término es justificado, pues
creo haber pasado el límite) sobre ese laberinto textual en el cuento. Quiero
recalcar que existen uno que otro artificio que me ha parecido interesante. Uno
de ellos, consiste en esa leve sonrisa que el narrador nos muestra con un guiño
cada vez que menciona a Marcelo. De forma pícara, sin llegar a la burla,
menciona que dicho personaje es en realidad José y utiliza una gama de eufemismos
(aquí tampoco sé si sea propia la palabra) para referirse a él. Desde llamarlo
Pepe, don José, José el trajeado, etc. Esta virtuosa arma de nuestro esgrimista
literario surge como un aire de ruptura entre la solemnidad de un discurso
solemne y bien tratado con la chispa alegre de quien cuenta una anécdota vívida
o imaginada. Esto, a mi parecer (y estoy dispuesto a argumentar contra
cualquier otro lector que le reste importancia) sensibiliza más al otro mirón
que, en este caso, mira a través de los ojos del primer espectador cuando lee
el cuento. Porque el sexo no es sólo sexo, sino detalles. Y esos pequeños
detalles hacen que se convierta en erotismo. Claro, podré estar equivocado,
pero por eso puse el posesivo en el enunciado antes descrito. Ahora, qué se
puede decir de sus descripciones eróticas. Cabra mencionar que las delimita
bien, que varias veces menciona sin pudor –que bueno que se pierda este en
ocasiones- palabras como pene, nalga, cabrona, orgasmo (aunque estoy siendo
superlativo), que dan a la historia brillo y por ello me refiero a lubricación
(el lector entendido, me entenderá). Quien ha dormido en hamacas, como este
ínfimo escritor, sabrá que hacer el amor en dicho recipiente, multiplica las
sensaciones del vacío que se experimenta al conjuntarse –en forma paradójica-
dos cuerpos y un ser por medio del orgasmo. Muy erótico, diría Cuti Escot. Y
los personajes, el amable lector inquirirá en que velas juegan en este entierro
(metafórico). El joven Efraín se nos presenta como un muchacho en busca de
experiencias nuevas que lo aviven dentro de su cotidianidad; el narrador
comenta que, tras terminada la película y confrontado el engaño –la pareja se
conoce y no son extraños uno del otro- apaga el aparato electrónico y se dirige
al baño, sin hacer una afirmación contundente de que va a masturbarse pero que
el lector supone (aunque le digan mal pensado) que eso mismo fue a hacer.
Prueba de ello es que sale con el pene más a gusto, relajado. Y, como
corroboración de que es un experimentante y no un experimentado, se asoma a la
ventada para mirar haber (a ver) si en su realidad puede hallar esa ficción que
ha observado en otro receptáculo. Las otras dos tangentes de este triángulo;
José, que se hace pasar por Marcelo, y María, la amante que en realidad es
esposa, son dos personajes con una edad mayor; que demuestran sensualidad en
ella y brío o virilidad en él. Ella es soberbia en su belleza; él es un
semental en su portento amatorio. Nos enteramos que él es vendedor o
comerciante, pues menciona – el narrador de la historia- que para sus clientes
es Don Pepe; que viven en un departamento y que tienen varios hijos – a lo
mejor sólo dos-, que permanecen en la puerta de la casa sin saber que es lo que
pasa dentro con sus padres. Quiero concluir esta crítica, dejo una pausa larga
(de nuevo, -que no te cansas de fastidiar al lector-, perdón por la intromisión
del otro) como otrora vez he mencionado, sólo que esta vez no utilizaré ninguna
palabra inarmoniosa. Sólo tú, querido lector, sabrás sí continuas o no conmigo.
La esperanza del que escribe se basa en que el que lee tenga
el tiempo suficiente para aguantarlo. Sé que el cuento que he tratado de
reseñar con algunas críticas, podría tener algunas lagunas literarias que la
miopía del amigo puede dejar de ver. Es en este sentido, que no habría podido
escribirla. Como dije antes, no quiero
hacer una apología de este cuento; no obstante, también creo que se han quedado
muchos detalles del cuento que no he sabido exponer. Vuelvo a mencionar que me
ha agradado este texto. Que más allá de conocer a su escritor, creo en la
imparcialidad que - aunque muy efímera- me ha dado estos tres o quizá dos meses
de su lectura. Quiero felicitar, antes de pasar a otra cosa, a Don Palabras.
Mencionarle la envidia (que la hay de la buena) que me da su cuento. Que sé que
nos falta mucho para llegar a ser lo que deseamos ser, pero que, al menos,
usted va un paso adelante. En otro asunto, también debo mencionar que hay tres
críticas que aun no he hecho y que la lectura de estos trabajos tiene más
distancia que la anterior. Una tesis (de mi entrañable amiga Lydia) un poemario
publicado (de, no menos amiga entrañable, Eugenia) y otro poemario sin publicar
(de, para mí, el inigualable poeta Rogelio Espinoza Perusquía). Perdón si me
llevo más tiempo.
Esta vez no les he avisado del cambio de atmósfera que
conlleva un nuevo párrafo. Y es que, si bien antes mencione las ideas
diletantes de la cual una ha salido a la superficie, ahora quiero mencionar
literariedades vanas que me acongojan y, al igual que a Prometeo, comen mis
entrañas. Porque uno quiere escribir, hablar de todo lo que le rodea. Pero
cuando nos rodean guerras, fraticidios, desgobernabilidades, fraudes,
marginación y, en una sola palabra, injusticias; que más da si se encierra uno
en un mundo como el mío, como Cutilandia. Lo peor de todo, es no poder
escribir. De que sirven los tres o cuatro proyectos de novela sino van aportar
nada a nuestra literatura. O los bulliciosos cuentos fantásticos o eróticos que
no alcanzan las magistralidades de un Borges o un Cortázar. No, uno no puede
proyectar una obra de teatro donde apezca cuatro de los hermanos Escot
discutiendo sobre filosofía o teología o telenovelería o nada. Donde no se
discuta de política o religión, porque cada uno es distinto y es el mismo a la
vez. O donde les presente a Mir Mirley, el compañero inseparable de mi hermano
Cuti. Agregaría este grano de arena una diferencia en sí misma. Si cuando entro
a las librerías, me pregunto ¿cuánto no podré leer en este fragmento de tiempo
inexistente que me ha tocado vivir? Y también, hago una reflexión sobre el
destino impensable del fin de tanta palabrería; a do irá, quizá a una librería
de viejos, un tianguis o la hoguera que, mal o bien, nos han ahorrado lecturas
y quitado sabidurías, en forma literal, de las manos. Porque me hago la pregunta
–con mi hermano a regañadientes Soledad Burgos- ¿qué es la escritura en grado
cero? Esa que establece paradigmas literarios. Y, por el contrario, si ya no
puedo seguir escribiendo. Si me he quedado estéril, impotente o vacío de
imaginación para seguir escribiendo. ¿Cómo he de sobrevivir por el resto de
vida? Hay que mencionar que me ha dado por leer, pues me he visto ignorante;
más aún, cuando leo y abro un nuevo libro, y descubro tanto que me hace falta
saber. Quizá, dirás, y con justa razón, amigo lector: este habla de sequías
después de todo lo que nos ha mencionado. Pero, no se han puesto a pensar, qué
voy a hacer cuando tenga que decir: esto es todo. Cuando apague el monitor y me
vaya a dormir. Cómo sé que mañana tendré otra justificación para atosigarte (en
buen sentido, por supuesto) Que tonto he sido, no os he mencionado cuál fue el
detonador de esta experiencia literaria. Pues he aquí que…Por que no
descansamos y seguimos en el siguiente párrafo.
Por enésima ocasión, se me ha incidiado con la misma frase y
con distinto interlocutor: “el que en pan piensa, es que hambre tiene”.
Tachándose de mal pensado por una alusión sexual. A lo mejor, he seguido una
dieta involuntaria de erotismo. Al menos en lo que va del año, (-creo que al
estimado lector no le interesa tu auto psicoanálisis-; no, pero va a colación
con mi discurso) no creo que por mencionar que el refresco de naranja –y aquí
entra lo corpóreo y no lo ficticio de mi personalidad- es afrodisiaco y un
tónico potencializador de lo sexual o que las dos fantasías más recurrentes en
la mujer sean el ser poseía violentamente por alguien que le guste o tener un “affair” con un repartidor de pizzas;
esto quiera decir que necesito tener relaciones sexuales. (Perdón si la palabra
galofónica, está mal escrita, alguna amiga que resida en la Galia, me podría
corregir) Pero que tres personas distintas lo mencionen da mucho que pensar,
habré de preguntar a un sicólogo. Pero hay otra cuestión que, al igual, me
inquieta. Y es que siempre se me imputa cuestiones no propias de mi imaginería.
Es decir, suele anteponérseme a una pregunta casual el: “Tú que lo sabes todo o
sino lo inventas…” Es que acaso, tan ignorante he de pasar por la vida o tan
cauto y elocuente soy en mi verbosidad. Por lo general, trato de argumentar lo
que expreso, no porque lo diga yo, sino porque lo he establecido en mi archivo
mnemotécnico. No soy un sabio ni cerca lo estoy de ser; sin embargo, como solía
decirle a un viejo amigo: “Yo no hablo, sino tengo la razón” por eso escucho
antes de palabrear. Sin embargo, cada cual se hace una imagen mía a su propia
imagen. No es el mundo, soy yo. No he de poner el punto final aún, si aun
deseas seguir acompañándome, sea pues; si no, ve y descansa.
Un último tema que
quiero tocar en esta mal lograda noche de insomnio, tiene que ver con el otro
enunciado del binomio establecido tiempo atrás. No soy yo es el mundo. (-Y
ahora que vas a inventar. Perdónenlo, no sabe lo que dice-) Alguna vez, una
amiga me comentó que otro amigo le había dicho que pensaba que existía la
transmigración del alma. No como algo metafísico, más bien como algo
ontológico. Aquí no está en duda la valides filosófica, creo que sería la
pragmática de la cuestión. Es decir, aquel joven comunicaba a mi amiga, que
sustituimos a las personas que nos rodean y les damos caracteres de otros individuos
conocidos con anterioridad. Tal vez estoy equivocado, podría estar en un error
de términos. Pero desde aquella ocasión en que me lo mencionó, he encontrado a
individuos que ahora conozco con características de viejos conocidos. Varios de
mis amigos – que espero estén leyendo este texto y no se hayan aburrido para
llegar hasta aquí- estudian o han leído sobre filosofía (quizá teología) y a lo
mejor ellos discutirán si tal o cual concepto se aplica o ninguno de ellos es
aplicable. Lo cierto es que no es preponderante para el caso. Lo que sí lo es,
sería que me encuentro con una nueva Verónica en la cara de María, o un nuevo
Juan en la cara de Pedro (ejemplos sacados al azar, aunque tampoco este exista)
o como hoy que descubrí a una nueva Venus naciente del mar que se parece a una
extraña peregrina de París. Y a una nueva Princesa Perséfone que no creo que
pueda imitar en lo mínimo a la que ya conozco. Espero, ambas, las anteriores,
me hagan llegar pronto correspondencia para delimitar territorios. Lo raro es
que esto que te digo amigo lector sólo significa para mí y no para ti; sin
embargo, así exorciza sus fantasmas quien escribe. De manera que ya no me queda
más que decir, sé que algo se me olvida…
Perdón, por alargar tu agonía. Y es que he hecho una pequeña
trampa, recordé antes de escribir al último renglón lo que faltaba (y ahora
casi lo olvido por seguir vanos artificios) pero como se me hizo muy literario
continúe escribiendo. Uno era lo de escribir todo esto que necesitaba decir por
medio de un dialogo teatralizado donde aparecieran mis tres hermanos y yo –te
lo mencioné de pasada, con anterioridad-, y donde se discutiera todo lo que te
he narrado. Y dos (y ahora sí, prometo que es lo último) una rara historia, tal
vez muy corta:
Un hombre
nunca ha sostenido un libro en sus manos. Si con esto, eludimos los de texto de
las escuelas. Se despierta y sólo tiene pensamientos sobre cosas fácticas. De
la realidad que lo aprisiona. Tiene que ir a su trabajo que, como cualquier
otro proletariado, es rutinario y sin mayor ánimo que seguir las mismas
secuencias de todos los días. Sale de la fábrica, cansado, y no piensa en
Cervantes o Borges, menos aún en un Arreola. Se desplaza en transporte público,
un tren, metro, tranvía o camión de pasaje; donde suele encontrar estrafalarios
personajes que, en una miopía fantástica, se transforman en revistas,
periódicos, celulares, sombreros o lentes oscuros; y uno que otro Código da Vinci o Harry Potter. Cree que leer es una pérdida de tiempo, que sólo lo practican
aquellos que no tienen un oficio ni beneficio, o una familia que mantener.
Él vive en armonía con su hábitat; un complejo de condominios,
donde, igual está la que plancha ajeno o el singular cajero bancario, que un policía
o una vendedora de Avon. Cuando mucho, alguno de sus hijos le preguntará: ¿Quién
es Borges? Él, sin inmutarse, dirá que algún actor de telenovelas, no un
deportista, que de eso si conoce; o algún político extranjero. Su esposa le
comentará el resumen de la telenovela, cuando, en realidad, él quiere mirar
mejor el resumen deportivo. No leen, así son más felices, como diría cualquier
célebre dirigente sindical o gubernamental ante las cámaras, “los pobres son
felices porque no leen, para qué quieren leer”. Al siguiente día, se afeitará, con
parsimonia, la barba que pretendía despilfarrarse en su rostro; y recortará el
poco bigote que tiene. Desayunará leche y huevos o huevos y leche. Besará a su
esposa y regresará a su ensimismante empleo de segunda.
Imaginemos, entonces, que fuera otro, podría ser un microempresario
independiente, que tenga una pequeña empresa, o que sea un taxista,
universitario con título, y que pensará, como dijera alguna ilustre
universitaria después del doctorado: “yo ya no leo, pues leí mucho en la
carrera”. No obstante, no menospreciamos a nuestra clase obrera, o a nuestra
clase baja o media. Porque, también pudiese ser este hombre un excelente bussines man. Un genial hombre de
negocios, que tampoco lee. Aunque algunas veces nos salga él mismo, con que
ciertos asuntos de la vida, le parecen “kafkianos o surrealistas”. Sin embargo,
mejor no, regresemos a nuestro gentil obrero. Sonaría más verosímil en este
mundo del inconsciente. Aunque, a estas alturas, nuestro personaje tildaría en
lo cutilandés.
Este hombre, entre su horario rutinario, tiene tiempo para un
minúsculo almuerzo y, por supuesto, para fumarse un delicado cigarro. Un hombre
que nunca ha leído más que los titulares del periódico, o ciertas revistas
eróticas que puede encontrar en cualquier punto de la ciudad. No le interesa la
geografía, la lógica o el intrincado mundo de la literatura. Un hombre que a
pesar suyo sigue sobreviviendo a su precaria situación de indigente universal.
Que no cuestiona las reglas, ni a quienes las hacen; mucho menos si esa entidad
es un dios que lo ha creado todo. Los domingos asiste puntual a sus servicios
religiosos. Un hombre cree que el sexo lo tienen los demás. Un hombre desea ser
buen padre de familia. Y helo allí, un homo
sobrevivendi.
Un día, un hombre, por pura cuestión del destino, por un
infatigable azar o tocado por la mano divina, encuentra un libro abandonado. ¿Dónde?,
en ninguna parte o en cualquiera. El caso está en que le intriga ese objeto. Sobre
todo, el ¿qué le verán los demás que lo hace misterioso? Se anima y lee desde
la portada hasta llegar al final. Cuál sería el título de ese libro; no sé,
quizá “Sueño de una noche de verano”,
o “El azar es una cuestión de perspectiva”,
o “El Aleph” de un tal Borges. El hecho es que encuentra un tema, una
palabra o quizá un autor que lo intriga más; por eso recurre a uno de esos
edificios extraños donde la gente va por libros; puede ser una biblioteca o,
podría ser, una librería. Al leer un nuevo libro, descubre otra intriga; y
otra, y otra; y, así, se va introduciendo al laberinto de la lectura concupiscente,
que lo ira llevando de un texto a otro, y a otro, y a otro; pasará de un
escrito de botánica a uno de álgebra, o a leer a cierto autor germánico o
islandés. Ya, su vida, se divide en dos: uno que vive con la cotidianidad y el
trabajo, y la familia; y otro que, incitado por encontrar ¿cómo salir de su
literaria construcción laberíntica? que le abre puertas y no halla ninguna
salida; seguirá leyendo eternamente.
Un hombre ha entrado a esa dimensión paralela de existir en
otras lecturas, en otras vidas. Mientras que él mismo, es una más de ellas. Nada
ha cambiado a su alrededor. Seguirá rasurando su rostro y su barba, día tras
día. Sin embargo, dentro de sí, hay un otro que se sabe personaje de un cuento
que sin saber el ¿cómo? Ha sido creado en el mismo momento en que empezó a ser un
lector. Ese otro ¿algún día podría ver la realidad? Quizá no, pero es un personaje
que empieza y muere con cada lectura, y renace de nuevo con cada libro. Y eso,
querrámoslo o no, forma parta de otra eternidad. Metido en sus lecturas, un
hombre llega, de pronto, a un texto que habla de un hombre que nunca había leído
nada. Un cuento que empieza con una frase como: “un hombre nunca ha sostenido
un libro en sus manos”. Y se da cuenta, tras leer todo el cuento, que ese
hombre es él.
No somos también, acaso, lectores o
escritores, personajes de otra trama.
José Escot Genderley.
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