¿CÓMO EMPEZAR UN CUENTO?

 

¿CÓMO EMPEZAR UN CUENTO?

 

 

Paciente Lector:

 

Por donde empezar. Hay ocasiones en que parece que no necesito decir nada, que debiera callarme y seguir fingiendo una sonrisa petrificada. Que alrededor de mí no vuelan moscas impidiéndome concentrarme en algo que resulta ser lo que me hace escribir. Por donde empezar. Si miro la hoja electrónica y el parpadear del cursor que vomita letras que al parecer sólo se repiten ad infinitum. Siempre sin poder contener ni la mínima exactitud de la sustancia que deseo expresar. Es decir, por más que escriba jamás lograré dar a entender lo que en realidad pretendo comunicar. No es el mundo, soy yo. No soy yo es el mundo. Y en sí, la medida de mis huellas, que se desbordan ante lo inexplicable. Porque cómo comprender que rodeado esté de problemas y soluciones a la vez. O cómo expresar que me entristece el cause del río que sigue la corriente. Si cuando los escritores, esos que renombran las cosas, como los poetas, son tan meticulosos en su praxis. Y uno, no puede talachearle, congestionar sus pulmones en y de literatura, llenar de callos las yemas de sus dedos, con el simple pretexto que las “musas” (lo pongo entrecomillado pues hay quienes discuten su pragmaticabilidad en la escritura) no acuden a la cita puntual nocturna. Ahora, mírenme, he dado en aludirme en el gremio de aquellos bienhechores escribanos. Me he autoproclamado escritor cuando la luz no ha visto escrito alguno de mi insulsa pluma. Pero, uno tampoco comprende ese afán exagerado de los novicios en dar a la imprenta cualquier divagación de la mente, que, en una fumada de algún alucinógeno, el cual puede ir desde el chocolate hasta la televisión, salen textos o escritos que bien podríamos elidir de nuestras lecturas cotidianas; y no lo comprendo porque, al fin y al cabo, quizá, perseguimos lo mismo. Y a la inversa, si dejaran, de repente, de ser escritos todos esos microorganismos lecturales cómo obtendríamos una evolución hacia organismos más desarrollados. Ergo, sigo sin aludir al verdadero interés que me prestó minutos para escribir esta noche. Son varios y ninguno. Por un lado, esa incapacidad de expresar con el lenguaje oral ciertas ideas que están diletantes en mi conciencia; y, por el otro, esa vanidad que hace que uno crea que puede aportar algo en este microuniverso. Porque hay tanto que escribir y nada nuevo que contar que podemos empezar a cincelar letras y al acabose nos damos cuenta que el mármol siempre muestra algo que por sustancia trae dentro. Un ejemplo, del primer caso mencionado (las ideas latentes) podría ser la critica que, desde hace dos meses, he querido escribirle a mi amigo Don Palabras con referencia a un cuento que con singular amistad me hubo enviado. Aquí hago una pausa larga para que el lector decida si quiere seguir leyendo o abandonar este escrito.

El pasado veintiocho de junio o julio, la fecha exacta se me escapa en este momento (habría de perseguirla para concretizar) el antes mencionado escritor Don Palabras enviome un cuento que por título tenía Voyeur (como ya sabemos esta palabra, en galo, significa mirar) durante estos dos meses, quizá tres, he querido hacer una reseña crítica para mi estimable amigo; sin embargo, siempre surgía –surge aun en estos momentos- una palabra que me atemorizaba –aun me atemoriza-; dicha palabra es apología. Cómo criticar un texto de alguien, a quien estimo y respeto, sin parecer que se le esta apologizando; es decir, encumbrando por el hecho de ser un conocido y, más aún, ser un gran amigo. Quisiera decirle (y pongo el quisiera pues con exactitud leerá o llegará a sus oídos dicha critica, que pienso proponer, en un futuro) que me ha agradado su cuento, pero decir que nos agrada un texto es marginarlo a una subjetividad sin darle un valor formal, intentaré adentrarme un poco más al contenido del escrito. Desde la perspectiva que nos muestra el narrador omnisciente se nos dibuja un cuadro realista, en el sentido de que lo que estamos presenciando es un hecho fáctico, propio de una realidad en marcada dentro de la ficción; no obstante, sólo al final, en el desenlace, caemos en la cuenta que ese acto de realidad, se ha transformado en una ficción dentro de la ficción. Un hombre observa como una pareja tienen relaciones sexuales y se involucra dentro de la trama de su propia ficción, haciéndonos creer que la esta viviendo sensorial y corpóreamente. Pero, el drama se vuelve un laberinto textual cuando, hasta el final, nos damos cuenta que existe otra ficción dentro de esa ficción, cabría decir una metaficción. La cual, nuestro narrador, por medio de curiosas prolexis, ya nos ha anticipado de antemano. Creo que debo aclarar algunas dudas. Efraín ve una película erótica, donde Marcelo (que al final sabremos porque es aludido siempre como José) le hace el amor a María. Esto no tendría nada de relevante si no fuera porque ambos fingen no conocerse y al final resulta que son esposos jugando juegos eróticos. Toda la historia gira alrededor de ese placer que se experimenta a través del contacto sexual de dos personas compenetradas. Entonces, tenemos una ficción prístina que es un cuento llamado Voyeur, la siguiente capa nos muestra a un tal Marcelo y una tal María que, sin conocerse, hacen el amor a sus anchas; y, hacia el final de esta pirámide invertida (no viene al caso este término, pero se me ocurrió), se encuentran José – que finge ser Marcelo- y su esposa María. Haré otra pausa larga, para aquellos que necesiten un respiro para decidir si deben continuar leyendo o buscar otra actividad más productiva.

El lector incrédulo pensará que he mencionado aquella vasta palabrería con el ánimo de engrandecer la soberbia de mi, tan mencionado, colega. El lector versado creerá que me he inventado una sarta perorata para tener que escribir. Sin embargo, no es sólo eso – lo que he mencionado antes, en el párrafo anterior- lo que me hace elogiar dicha lectura. No, hay que mencionar evidencias. Una de ellas es que el texto empieza con un dialogo entre Marcelo y María, lo que al lector normal le haría inferir que son parte de la trama principal. Además, el punto de vista de Efraín que es como una cámara que los mira – debemos recordar que es así, por ciento, como debe ser descrito dicha metaficción. Y, aunque hay varios indicios durante toda la narración de que nuestro protagonista en realidad mira una película, está tan bien diseñado el ambiente y la atmósfera, que, como todo cuento bien escrito, se nos pasa por alto sin perjuicio de que al final caigamos en la conclusión verosímil de lo que ha pasado. Una muy clara evidencia, por supuesto, que cada cierto tiempo nos es mencionada, es que Marcelo es en realidad José; otra, el desface del tiempo y la sincronía con la acción del personaje. Ese desajuste en el tiempo, lo encontramos en que Efraín está recordando lo que minutos antes ha pasado, la relación sexual; pero, por otro lado, se da una convergencia en el tiempo al hacernos suponer que el vouyerista esta presente en el acto de mirar en res propia. Mil disculpas amigo lector si utilizo latinismos que quizá no son acordes con la retórica que voy siguiendo. Pero lo que trato de explicarte es que la narración nos convence que Efraín, de verdad, observa a una pareja haciendo el amor, y no una película. Otra evidencia metatextual, se nos ofrece en el epígrafe del poeta Jaime Sabines, deseo citarlo en forma textual para no caer en plagios “Te pones a flirtearme como a un desconocido/ Y yo te hago la corte ceremonioso y tibio/ Pienso que soy tu esposo/ y que me engañas conmigo”. Podría mencionar otros ejemplos para hacer más fehaciente mi exposición; sin embargo, desistiré de ello, no sin antes robarle una línea a mi compañero Don Palabras. Así, durante la narración se menciona: “Que cabrona, le dice Efraín como si deseara ser escuchado”. En unas palabras, nos muestra la ambigüedad de una participación fáctica y ficcticia. Se nos hace pensar que el personaje en realidad habla con otro personaje; no obstante, ese “como si deseara”, nos muestra dos alternativas. Una, que Efraín los observa sin ser observados; u otra, que en realidad aquellos no pueden escucharlo – pues se trata de unos personajes de otra ficción- Aunque, no he acabado aún con esta crítica, creo que merecen (mis pacientes lectores) otra pausa larga para hacer lo que chingados quieran.

He hablado demasiado (y aquí el término es justificado, pues creo haber pasado el límite) sobre ese laberinto textual en el cuento. Quiero recalcar que existen uno que otro artificio que me ha parecido interesante. Uno de ellos, consiste en esa leve sonrisa que el narrador nos muestra con un guiño cada vez que menciona a Marcelo. De forma pícara, sin llegar a la burla, menciona que dicho personaje es en realidad José y utiliza una gama de eufemismos (aquí tampoco sé si sea propia la palabra) para referirse a él. Desde llamarlo Pepe, don José, José el trajeado, etc. Esta virtuosa arma de nuestro esgrimista literario surge como un aire de ruptura entre la solemnidad de un discurso solemne y bien tratado con la chispa alegre de quien cuenta una anécdota vívida o imaginada. Esto, a mi parecer (y estoy dispuesto a argumentar contra cualquier otro lector que le reste importancia) sensibiliza más al otro mirón que, en este caso, mira a través de los ojos del primer espectador cuando lee el cuento. Porque el sexo no es sólo sexo, sino detalles. Y esos pequeños detalles hacen que se convierta en erotismo. Claro, podré estar equivocado, pero por eso puse el posesivo en el enunciado antes descrito. Ahora, qué se puede decir de sus descripciones eróticas. Cabra mencionar que las delimita bien, que varias veces menciona sin pudor –que bueno que se pierda este en ocasiones- palabras como pene, nalga, cabrona, orgasmo (aunque estoy siendo superlativo), que dan a la historia brillo y por ello me refiero a lubricación (el lector entendido, me entenderá). Quien ha dormido en hamacas, como este ínfimo escritor, sabrá que hacer el amor en dicho recipiente, multiplica las sensaciones del vacío que se experimenta al conjuntarse –en forma paradójica- dos cuerpos y un ser por medio del orgasmo. Muy erótico, diría Cuti Escot. Y los personajes, el amable lector inquirirá en que velas juegan en este entierro (metafórico). El joven Efraín se nos presenta como un muchacho en busca de experiencias nuevas que lo aviven dentro de su cotidianidad; el narrador comenta que, tras terminada la película y confrontado el engaño –la pareja se conoce y no son extraños uno del otro- apaga el aparato electrónico y se dirige al baño, sin hacer una afirmación contundente de que va a masturbarse pero que el lector supone (aunque le digan mal pensado) que eso mismo fue a hacer. Prueba de ello es que sale con el pene más a gusto, relajado. Y, como corroboración de que es un experimentante y no un experimentado, se asoma a la ventada para mirar haber (a ver) si en su realidad puede hallar esa ficción que ha observado en otro receptáculo. Las otras dos tangentes de este triángulo; José, que se hace pasar por Marcelo, y María, la amante que en realidad es esposa, son dos personajes con una edad mayor; que demuestran sensualidad en ella y brío o virilidad en él. Ella es soberbia en su belleza; él es un semental en su portento amatorio. Nos enteramos que él es vendedor o comerciante, pues menciona – el narrador de la historia- que para sus clientes es Don Pepe; que viven en un departamento y que tienen varios hijos – a lo mejor sólo dos-, que permanecen en la puerta de la casa sin saber que es lo que pasa dentro con sus padres. Quiero concluir esta crítica, dejo una pausa larga (de nuevo, -que no te cansas de fastidiar al lector-, perdón por la intromisión del otro) como otrora vez he mencionado, sólo que esta vez no utilizaré ninguna palabra inarmoniosa. Sólo tú, querido lector, sabrás sí continuas o no conmigo.

La esperanza del que escribe se basa en que el que lee tenga el tiempo suficiente para aguantarlo. Sé que el cuento que he tratado de reseñar con algunas críticas, podría tener algunas lagunas literarias que la miopía del amigo puede dejar de ver. Es en este sentido, que no habría podido escribirla.  Como dije antes, no quiero hacer una apología de este cuento; no obstante, también creo que se han quedado muchos detalles del cuento que no he sabido exponer. Vuelvo a mencionar que me ha agradado este texto. Que más allá de conocer a su escritor, creo en la imparcialidad que - aunque muy efímera- me ha dado estos tres o quizá dos meses de su lectura. Quiero felicitar, antes de pasar a otra cosa, a Don Palabras. Mencionarle la envidia (que la hay de la buena) que me da su cuento. Que sé que nos falta mucho para llegar a ser lo que deseamos ser, pero que, al menos, usted va un paso adelante. En otro asunto, también debo mencionar que hay tres críticas que aun no he hecho y que la lectura de estos trabajos tiene más distancia que la anterior. Una tesis (de mi entrañable amiga Lydia) un poemario publicado (de, no menos amiga entrañable, Eugenia) y otro poemario sin publicar (de, para mí, el inigualable poeta Rogelio Espinoza Perusquía). Perdón si me llevo más tiempo.

Esta vez no les he avisado del cambio de atmósfera que conlleva un nuevo párrafo. Y es que, si bien antes mencione las ideas diletantes de la cual una ha salido a la superficie, ahora quiero mencionar literariedades vanas que me acongojan y, al igual que a Prometeo, comen mis entrañas. Porque uno quiere escribir, hablar de todo lo que le rodea. Pero cuando nos rodean guerras, fraticidios, desgobernabilidades, fraudes, marginación y, en una sola palabra, injusticias; que más da si se encierra uno en un mundo como el mío, como Cutilandia. Lo peor de todo, es no poder escribir. De que sirven los tres o cuatro proyectos de novela sino van aportar nada a nuestra literatura. O los bulliciosos cuentos fantásticos o eróticos que no alcanzan las magistralidades de un Borges o un Cortázar. No, uno no puede proyectar una obra de teatro donde apezca cuatro de los hermanos Escot discutiendo sobre filosofía o teología o telenovelería o nada. Donde no se discuta de política o religión, porque cada uno es distinto y es el mismo a la vez. O donde les presente a Mir Mirley, el compañero inseparable de mi hermano Cuti. Agregaría este grano de arena una diferencia en sí misma. Si cuando entro a las librerías, me pregunto ¿cuánto no podré leer en este fragmento de tiempo inexistente que me ha tocado vivir? Y también, hago una reflexión sobre el destino impensable del fin de tanta palabrería; a do irá, quizá a una librería de viejos, un tianguis o la hoguera que, mal o bien, nos han ahorrado lecturas y quitado sabidurías, en forma literal, de las manos. Porque me hago la pregunta –con mi hermano a regañadientes Soledad Burgos- ¿qué es la escritura en grado cero? Esa que establece paradigmas literarios. Y, por el contrario, si ya no puedo seguir escribiendo. Si me he quedado estéril, impotente o vacío de imaginación para seguir escribiendo. ¿Cómo he de sobrevivir por el resto de vida? Hay que mencionar que me ha dado por leer, pues me he visto ignorante; más aún, cuando leo y abro un nuevo libro, y descubro tanto que me hace falta saber. Quizá, dirás, y con justa razón, amigo lector: este habla de sequías después de todo lo que nos ha mencionado. Pero, no se han puesto a pensar, qué voy a hacer cuando tenga que decir: esto es todo. Cuando apague el monitor y me vaya a dormir. Cómo sé que mañana tendré otra justificación para atosigarte (en buen sentido, por supuesto) Que tonto he sido, no os he mencionado cuál fue el detonador de esta experiencia literaria. Pues he aquí que…Por que no descansamos y seguimos en el siguiente párrafo.

Por enésima ocasión, se me ha incidiado con la misma frase y con distinto interlocutor: “el que en pan piensa, es que hambre tiene”. Tachándose de mal pensado por una alusión sexual. A lo mejor, he seguido una dieta involuntaria de erotismo. Al menos en lo que va del año, (-creo que al estimado lector no le interesa tu auto psicoanálisis-; no, pero va a colación con mi discurso) no creo que por mencionar que el refresco de naranja –y aquí entra lo corpóreo y no lo ficticio de mi personalidad- es afrodisiaco y un tónico potencializador de lo sexual o que las dos fantasías más recurrentes en la mujer sean el ser poseía violentamente por alguien que le guste o tener un “affair” con un repartidor de pizzas; esto quiera decir que necesito tener relaciones sexuales. (Perdón si la palabra galofónica, está mal escrita, alguna amiga que resida en la Galia, me podría corregir) Pero que tres personas distintas lo mencionen da mucho que pensar, habré de preguntar a un sicólogo. Pero hay otra cuestión que, al igual, me inquieta. Y es que siempre se me imputa cuestiones no propias de mi imaginería. Es decir, suele anteponérseme a una pregunta casual el: “Tú que lo sabes todo o sino lo inventas…” Es que acaso, tan ignorante he de pasar por la vida o tan cauto y elocuente soy en mi verbosidad. Por lo general, trato de argumentar lo que expreso, no porque lo diga yo, sino porque lo he establecido en mi archivo mnemotécnico. No soy un sabio ni cerca lo estoy de ser; sin embargo, como solía decirle a un viejo amigo: “Yo no hablo, sino tengo la razón” por eso escucho antes de palabrear. Sin embargo, cada cual se hace una imagen mía a su propia imagen. No es el mundo, soy yo. No he de poner el punto final aún, si aun deseas seguir acompañándome, sea pues; si no, ve y descansa.

 Un último tema que quiero tocar en esta mal lograda noche de insomnio, tiene que ver con el otro enunciado del binomio establecido tiempo atrás. No soy yo es el mundo. (-Y ahora que vas a inventar. Perdónenlo, no sabe lo que dice-) Alguna vez, una amiga me comentó que otro amigo le había dicho que pensaba que existía la transmigración del alma. No como algo metafísico, más bien como algo ontológico. Aquí no está en duda la valides filosófica, creo que sería la pragmática de la cuestión. Es decir, aquel joven comunicaba a mi amiga, que sustituimos a las personas que nos rodean y les damos caracteres de otros individuos conocidos con anterioridad. Tal vez estoy equivocado, podría estar en un error de términos. Pero desde aquella ocasión en que me lo mencionó, he encontrado a individuos que ahora conozco con características de viejos conocidos. Varios de mis amigos – que espero estén leyendo este texto y no se hayan aburrido para llegar hasta aquí- estudian o han leído sobre filosofía (quizá teología) y a lo mejor ellos discutirán si tal o cual concepto se aplica o ninguno de ellos es aplicable. Lo cierto es que no es preponderante para el caso. Lo que sí lo es, sería que me encuentro con una nueva Verónica en la cara de María, o un nuevo Juan en la cara de Pedro (ejemplos sacados al azar, aunque tampoco este exista) o como hoy que descubrí a una nueva Venus naciente del mar que se parece a una extraña peregrina de París. Y a una nueva Princesa Perséfone que no creo que pueda imitar en lo mínimo a la que ya conozco. Espero, ambas, las anteriores, me hagan llegar pronto correspondencia para delimitar territorios. Lo raro es que esto que te digo amigo lector sólo significa para mí y no para ti; sin embargo, así exorciza sus fantasmas quien escribe. De manera que ya no me queda más que decir, sé que algo se me olvida…

Perdón, por alargar tu agonía. Y es que he hecho una pequeña trampa, recordé antes de escribir al último renglón lo que faltaba (y ahora casi lo olvido por seguir vanos artificios) pero como se me hizo muy literario continúe escribiendo. Uno era lo de escribir todo esto que necesitaba decir por medio de un dialogo teatralizado donde aparecieran mis tres hermanos y yo –te lo mencioné de pasada, con anterioridad-, y donde se discutiera todo lo que te he narrado. Y dos (y ahora sí, prometo que es lo último) una rara historia, tal vez muy corta:

 

Un hombre nunca ha sostenido un libro en sus manos. Si con esto, eludimos los de texto de las escuelas. Se despierta y sólo tiene pensamientos sobre cosas fácticas. De la realidad que lo aprisiona. Tiene que ir a su trabajo que, como cualquier otro proletariado, es rutinario y sin mayor ánimo que seguir las mismas secuencias de todos los días. Sale de la fábrica, cansado, y no piensa en Cervantes o Borges, menos aún en un Arreola. Se desplaza en transporte público, un tren, metro, tranvía o camión de pasaje; donde suele encontrar estrafalarios personajes que, en una miopía fantástica, se transforman en revistas, periódicos, celulares, sombreros o lentes oscuros; y uno que otro Código da Vinci o Harry Potter. Cree que leer es una pérdida de tiempo, que sólo lo practican aquellos que no tienen un oficio ni beneficio, o una familia que mantener.

Él vive en armonía con su hábitat; un complejo de condominios, donde, igual está la que plancha ajeno o el singular cajero bancario, que un policía o una vendedora de Avon. Cuando mucho, alguno de sus hijos le preguntará: ¿Quién es Borges? Él, sin inmutarse, dirá que algún actor de telenovelas, no un deportista, que de eso si conoce; o algún político extranjero. Su esposa le comentará el resumen de la telenovela, cuando, en realidad, él quiere mirar mejor el resumen deportivo. No leen, así son más felices, como diría cualquier célebre dirigente sindical o gubernamental ante las cámaras, “los pobres son felices porque no leen, para qué quieren leer”. Al siguiente día, se afeitará, con parsimonia, la barba que pretendía despilfarrarse en su rostro; y recortará el poco bigote que tiene. Desayunará leche y huevos o huevos y leche. Besará a su esposa y regresará a su ensimismante empleo de segunda.  

Imaginemos, entonces, que fuera otro, podría ser un microempresario independiente, que tenga una pequeña empresa, o que sea un taxista, universitario con título, y que pensará, como dijera alguna ilustre universitaria después del doctorado: “yo ya no leo, pues leí mucho en la carrera”. No obstante, no menospreciamos a nuestra clase obrera, o a nuestra clase baja o media. Porque, también pudiese ser este hombre un excelente bussines man. Un genial hombre de negocios, que tampoco lee. Aunque algunas veces nos salga él mismo, con que ciertos asuntos de la vida, le parecen “kafkianos o surrealistas”. Sin embargo, mejor no, regresemos a nuestro gentil obrero. Sonaría más verosímil en este mundo del inconsciente. Aunque, a estas alturas, nuestro personaje tildaría en lo cutilandés.

Este hombre, entre su horario rutinario, tiene tiempo para un minúsculo almuerzo y, por supuesto, para fumarse un delicado cigarro. Un hombre que nunca ha leído más que los titulares del periódico, o ciertas revistas eróticas que puede encontrar en cualquier punto de la ciudad. No le interesa la geografía, la lógica o el intrincado mundo de la literatura. Un hombre que a pesar suyo sigue sobreviviendo a su precaria situación de indigente universal. Que no cuestiona las reglas, ni a quienes las hacen; mucho menos si esa entidad es un dios que lo ha creado todo. Los domingos asiste puntual a sus servicios religiosos. Un hombre cree que el sexo lo tienen los demás. Un hombre desea ser buen padre de familia. Y helo allí, un homo sobrevivendi.

Un día, un hombre, por pura cuestión del destino, por un infatigable azar o tocado por la mano divina, encuentra un libro abandonado. ¿Dónde?, en ninguna parte o en cualquiera. El caso está en que le intriga ese objeto. Sobre todo, el ¿qué le verán los demás que lo hace misterioso? Se anima y lee desde la portada hasta llegar al final. Cuál sería el título de ese libro; no sé, quizá “Sueño de una noche de verano”, o “El azar es una cuestión de perspectiva”, o “El Aleph” de un tal Borges. El hecho es que encuentra un tema, una palabra o quizá un autor que lo intriga más; por eso recurre a uno de esos edificios extraños donde la gente va por libros; puede ser una biblioteca o, podría ser, una librería. Al leer un nuevo libro, descubre otra intriga; y otra, y otra; y, así, se va introduciendo al laberinto de la lectura concupiscente, que lo ira llevando de un texto a otro, y a otro, y a otro; pasará de un escrito de botánica a uno de álgebra, o a leer a cierto autor germánico o islandés. Ya, su vida, se divide en dos: uno que vive con la cotidianidad y el trabajo, y la familia; y otro que, incitado por encontrar ¿cómo salir de su literaria construcción laberíntica? que le abre puertas y no halla ninguna salida; seguirá leyendo eternamente.

Un hombre ha entrado a esa dimensión paralela de existir en otras lecturas, en otras vidas. Mientras que él mismo, es una más de ellas. Nada ha cambiado a su alrededor. Seguirá rasurando su rostro y su barba, día tras día. Sin embargo, dentro de sí, hay un otro que se sabe personaje de un cuento que sin saber el ¿cómo? Ha sido creado en el mismo momento en que empezó a ser un lector. Ese otro ¿algún día podría ver la realidad? Quizá no, pero es un personaje que empieza y muere con cada lectura, y renace de nuevo con cada libro. Y eso, querrámoslo o no, forma parta de otra eternidad. Metido en sus lecturas, un hombre llega, de pronto, a un texto que habla de un hombre que nunca había leído nada. Un cuento que empieza con una frase como: “un hombre nunca ha sostenido un libro en sus manos”. Y se da cuenta, tras leer todo el cuento, que ese hombre es él.

 

            No somos también, acaso, lectores o escritores, personajes de otra trama.

 

 

José Escot Genderley.

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