ENSAYOS
MINIMOS II
¿Venganza
o justicia? en Emma Zunz:
anotaciones
de un cuento fantástico.
Desde la primera vez
que leí el cuento de Emma Zunz; hubo algo en él, que me produjo una inquietud. Su
narración oscila entre lo irreal y lo fortuito; no obstante, mientras más
avanzaba en él, de alguna forma, le creía al narrador. Creí que fue un hecho
cierto y fáctico. Que las fechas y los lugares acaecieron. Que el personaje
había desbordado la ficción y se convirtió en un ser histórico. Que sólo han
cambiado los nombres y los lugares. Por supuesto, no soy de los que comprueban,
o tienen que comprobar, los datos en un cuento. Suelo aceptar fríamente las
verdades metafísicas y fantásticas. Para mí, Emma Zunz, como el Aleph o el
Minotauro, existen en algún sentido o en algún raro universo. Así como yo
existo para ti, querido lector. Intentaré pues, y espero con buena fortuna,
hablar de mi experiencia particular con este cuento. Mi interpretación no será
exhaustiva ni univoca; tampoco pretendo ni espero que compartas sus postulados
o que sea nueva en algún sentido, sólo deseo que la disfrutes y, si no has podido
leer el texto que aludo, te incite a leerlo.
No quise romper el
pacto de lectura cuando dije que mi existencia, como la de Emma Zunz, es una
fortuita emanación de tu imaginación, o asimismo de la lectura de alguno de los
textos. No hay verdad alguna en los textos, ya que la realidad por mucho que
quieran plasmarla en un texto, siempre escapará a cualquier soporte donde
deseen atraparla. La realidad está viva y las ficciones, sobre todo las escritas,
son mentiras que queremos hacer pasar por verdades. Dicho esto, entenderás por
qué cuando leo Emma Zunz, su realidad
me envuelve. De alguna forma, me atrapa; y me aparta de pensar que solamente
fue Borges quien la creo y quien habla mientras transcurren los hechos. Y así,
yo soy Emma Zunz al leerla, y soy el marinero escandinavo, y soy Loewental, y
soy el padre de Emma Zunz, Manuel Maier que en realidad era Emanuel Zunz. La
venganza es mi venganza y la justicia es mi justicia. Porque la inexistencia,
no limita la verosimilitud. Así como tú no me estás leyendo, en realidad a mí;
ni yo existiré más allá del final de este texto. Sim embargo, tu incertidumbre
o tu inquietud bastarán para justificarme.
Emma Zunz sabía lo que tenía
que hacer desde que su padre le confió el secreto de Loewenthal. La justicia
tiene muchas caras y hay veces que usa la máscara de la justicia. Y, no
obstante, en el fondo, todos queremos vengarnos de las injusticias. Por eso nos
identificamos con Edmundo Dantés, y entendemos que lo peor que le pudieron
hacer, no fue engañarlo sino matar su ingenuidad, su inocencia, la bondad
dentro de él. Y Borges conocía perfectamente al Conde de Montecristo, el primer
antihéroe de la literatura, quien fungió como protagonista de su propia
historia. Y Emma Zunz es una anti heroína, pues son fatales sus acciones y, sin
embargo, estamos allí justificándola como lo hace el narrador. Desde que nos dicen: “furtivamente lo guardó
en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores, ya había
empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería”. No es una tragedia ni
un drama, es una apología de la venganza, nombrada justicia; sino cómo explicar
este hecho: “Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de este
hecho ínfimo un sentimiento de poder”. Con premeditación, alevosía y ventaja,
Emma Zunz será la que tendría que ser. Y Borges nos envuelve en repeticiones y
en argumentos que puedan justificar la venganza, crea un ambiente donde sabemos
que no hay otro camino para Emma Zunz, donde las circunstancias la arrastrarán
a hacer lo que tenía que hacer. Y al final, nosotros también la justificaremos.
A pesar que sabemos lo
atroz de los hechos, consentimos en ello. Creemos que nos justifica la anonimidad,
la intimidad de una lectura desde nuestro sitio cómodo, nuestra verdad está por
encima de todo, lo creemos tan cierto que aceptamos cualquier argumento que se
nos venga a la mente. No importa de qué lado de la balanza estemos, del sí o
del no, de lo correcto o de lo incorrecto, de la feminidad o de la
masculinidad, de lo serio o del humor, de lo cierto o de lo falso, del respeto
o de la mofa. Nos creemos perfectos y con la verdad en los dedos, con la
justicia por delante; aunque ésta no sea más que una inicua venganza. Y como
diría Borges “un atributo de lo infernal es la irrealidad”, esa que se nos
presenta cuando discutimos nuestros puntos de vista frente a una pantalla que
no nos puede responder; que no piensa ni siente, pero que, en nuestra imaginación,
representa a un alguien, un “ser” real del otro lado, y requerimos ganarle, a
pesar que jamás los conoceremos, requerimos tener la razón. Tanta falta nos
hace, como a Emma Zunz, vengarnos, tener esa razón, hacernos justicia por el
silencio de tantos años.
Al final de la lectura,
siempre me siento satisfecho de las acciones de Emma Zunz. “La historia era
increíble, en efecto, pero se imponía todo porque sustancialmente era cierta”.
Y en este punto entra lo fantástico del cuento, lo que rompe la realidad, si el
Aleph podría existir en una casa de Buenos Aires, por qué Emma Zunz no podría
ser una obrera en la misma ciudad. Qué historia podría ser cierta, según el
narrador, la que planteó la señorita Zunz a la policía o la que el narrador nos
plantea durante todo el cuento. Acaso no es cierto que muchas veces la justicia
ha sido la venganza de alguno; o que la venganza de alguien, fue en su momento,
la justicia que esperaban. Creemos que la realidad se puede plasmar en un
texto, y tratamos de engañarnos con las palabras “basado en un hecho real” o
porque los nombres, las fechas y las circunstancias nos son conocidas. Sobre
todo, nos engañamos cuando creemos que no podría ser real “esa historia”; quizá
sí, en otro momento y en otro lugar.
Finalmente, cuando
conocí a Emma Zunz, yo creí su historia y sé que, si un día lees lo que
escribió Borges, coincidirás conmigo en creerle. Más allá que tú no alcances a
conocerla como yo lo hice.
José Escot Genderley.
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