ENSAYOS MINIMOS V

De las penurias de la inmortalidad:  El inmortal, el sueño y el laberinto de J. L. Borges

 

“Salomón dice: No hay nada nuevo en la tierra. De modo que, como Platón tenía imaginación, todo conocimiento no era más que remembranza; así que Salomón dio su sentencia de que toda novedad no es más que olvido” (Bacon, epígrafe en El Inmortal).

 

 

En El inmortal encontramos palabras de otros, ciertamente. También, se puede hallar un intrincado laberinto de palabras. Quizá hasta muchas referencias, que sólo un ser extraordinario, perfectamente instruido, podría hallar sus significados y sus concordancias. Por desgracia, yo no soy uno de esos. No obstante, se puede leer con la sola intención de conocer un universo distinto, como cuando el narrador comenta: “pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos” (Borges, El inmortal), [las palabras entre comillas serán de este texto]; es decir, se puede no saber nada sobre la historia de Joseph Cartaphilus, eso no impedirá entender la vida de Marco Flamino Rufo. Desde luego, hay que aceptar que, este relato de Jorge Luis Borges, es algo así como un sueño, un laberinto o un olvido; desde donde acierta a ser veraz, la frase que señala que: “insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto”. Y a través de ese sueño, hay quienes podría pensar que fue pesadilla, hallamos la razón del sinsentido de la inmortalidad.

Este relato de J. L. Borges es muy fluido, lleno de epítetos y calificativos acertados. Donde mezcla dos vidas que son una; así como entrecruza dos historias que se mencionan en el texto: la de Simbad y la de Odiseo. Pero, a la vez, rememora parte de esta historia, al Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Comprendemos que Argos es otro Viernes, que auxilia, en su locura, al personaje principal. Además, encontramos muchas reflexiones sobre pensamientos trascendentales y filosóficos: “conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de un hombre era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes”. Entendemos entonces que nada bueno puede traer el ser inmortal.     

El hombre le teme a lo nuevo y al desierto (la ausencia) dice el narrador. Toda novedad nos impresiona, nos desbalancea, nos aparata de nuestra zona de confort en que vivimos. La angustia, ese pensamiento patológico que nos hace repetir un acto una y otra vez, se nutre de la incertidumbre; pero, extrañamente, suele avecinarse con la ausencia de algo o de alguien. El narrador sabe, que no el transcriptor, que hubo dioses que estuvieron locos y ahora están muertos. Claro, en esta parte, podemos notar y quizá observar, que, en la hechura de este relato, entra el motivo del manuscrito encontrado; sumariamente utilizado en textos medievales y que los Libros de Caballerías reutilizaron infatigablemente, hasta que un insigne alcalaíno utilizó este artificio para denostar aquellos libros. Cervantes y Borges fueron excelentes urdidores de mentiras. Mentiras como la de que un amanuense escribe o trascribe lo que Cartaphilus dejó en un manuscrito, siendo éste, el mismo personaje nombrado Rufo; pero ese transcriptor no es Borges, sino alguien que podría ser Borges. Y así, no es raro leer la tan sencilla definición de laberinto en el texto: “un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres”. Por eso, El inmortal es un laberinto de palabras y referencias; las cuales aportan mucho a la lectura; pero que al final, no son necesarias para entender o para admirar tan prodigioso texto.

Muchas veces, en el texto, se insiste en el sueño y en el laberinto. “Eran como las letras en un sueño”; “pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo”; ¿quién puede leer algo en un sueño? Mejor aún, un mundo sin memoria o sin tiempo, es un mundo inmoral. El tiempo nos limita, nos hace mortales; la memoria nos trae el dolor, la ausencia y el olvido. J. L. Borges crea una realidad perdida a partir de coincidencias; todos conocemos la Ilíada, todos conocemos a Homero y por ello, creemos o nos convencemos que la historia es verdadera. Sin embargo, “fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real”. Y en esta frase, ¿Quién habla allí? El narrador, el transcriptor o Borges.

Sin duda, El inmortal es un relato que alcanza para muchas disecciones. Alcanza para la reflexión filosófica, sobre todo en un mundo donde todo nos parece tan efímero, donde creemos que la parodia, el escarnio y la broma (o el efímero meme) pueden ser tan sustanciales como cualquier pensamiento deductivo o inductivo. Como se menciona en el relato: “vivir en el pensamiento, en la pura especulación” así eran esos trogloditas que en realidad eran los inmortales; ahora, quienes solo pueden vivir en la burla, en el insulto o en el desprestigio a los demás; seguro temen ser inmortales. Que otra cosa puede ser, sino pensar en lo efímero para no pensar. Y, sé bien que muchos recordaran esta repetida palabra: “Ser inmortal es baladí, y agarran como justificación, el creer que no deben respeto a nada; pero son la otra cara de la moneda de quienes creen que algo merece la idolatría.

En este sentido, leer El inmortal me trajo buenos recuerdos. Por eso, creo como Rufo que “todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes” (ídem), tan indiferente es leer a J. L. Borges como no leerlo; insultar a una persona en una red social como pedirle que piense. Y, no obstante, “no hay placer más complejo que el pensamiento”. Por ese solo hecho, recomendaría la lectura de este texto, para pensar.

Finalmente, si no han leído El inmortal, léanlo con calma, déjense arrastrar a ese laberinto de astutas referencias, si no lo desean, no busquen las coincidencias con otros textos, o los orígenes de tales sueños. La inmortalidad solo está vedada al hombre, por lo demás, todas las demás criaturas son inmortales, por ignorancia o por ausencia. Disfruten de este relato por la historia que cuenta: alguien se aboca a buscar la inmortalidad; una vez hallada, se da cuenta que todo pierde significado al ser inmortal, que nada más puede interesar: ni el amor, ni el poder ni la vida misma que jamás acabará. Entonces, decide buscar la mortalidad, que infinitamente le es oculta hasta que el azar o el olvido lo lleva a ella. Sabiéndose nuevamente efímero, escribe su historia y la regala antes de morir. Alguien encuentra esa historia, la transcribe y cree que fue verdad.

Quien escribió ese relato es inmortal (todos lo sabemos), aunque siempre buscó desaparecer de las memorias. Quien escribe este texto (el que acaba de leer, apreciable y paciente lector), siempre busco ser inmortal; pero, desgraciadamente, desaparecerá de su memoria.

 

José Escot Gendeley.

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