La esfera de fuego

 

No pido que crean lo que les voy a narrar, ni siquiera yo puedo pensar en que fue cierto, que fue real. Pero a estas alturas de mi vida ya no me interesa quedar bien con nadie, qué importa si me toman por un loco, sobre todo cuando terminen de oír mi historia. Hay cosas en el mundo que nos son difíciles de creer, más cuando es otro el que nos lo cuenta; pero cuando es a nosotros a quienes nos sucede; difícilmente encontramos palabras para describir su facticidad. Trataré de ser fidedigno a los hechos tal y como sucedieron. Quizá adorne mi narración con alguna metáfora o una metonimia, lo hago para hacerlo más creíble, discúlpenme si esto se nota demasiado.

Habíamos ido a relajarnos tras un año ejecutivo desgastante, entre la pandemia y las bajas ventas, el departamento de ventas estaba a punto de estallar. El CEO de la empresa rentó unas cabañas para varios ejecutivos y nos pidió llevar a quién mejor lograr hacernos olvidar la rutina. Alguno llevó a su familia. La mayoría se hizo acompañar por algún conocido o una buena “amiga”. En total éramos entre veinticinco a treinta personas en aquellas maravillosas cabañas, que se encontraban hasta el fondo de una pequeña cordillera, solitaria y silenciosa, con una espectacular cascada a unos sesenta metros, una laguna no tan profunda y varios andadores donde hacer senderismo.

 Yo me hice acompañar por Gimeno, que en aquel entonces era parte de los adjuntos de la dirección de ventas. Pocos sabían en aquellos días de mi preferencia sexual, menos aún que Gi y yo, solíamos escaparnos a algún hotel en las periferias de la ciudad a desestresarnos. Como el plan planteado por el CEO era que pasáramos un fin de semana como en los Hampton. Por si no entienden a qué me refiero, piensen en un edén sin desnudos. Fue así que la mayoría de los ejecutivos, se olvidó de los otros ejecutivos, y desde el viernes que llegamos hasta el lunes en la mañana que regresamos, ninguno se preocupó por saber de alguien más que de sí mismo. Quiero que entiendan la situación. Las cabañas tenían lo indispensable. Cada treinta o cuarenta metros había una. A quince metros de la entrada principal que estaba junto al estacionamiento, había un gran salón donde se sirvió las tres cenas, los dos almuerzos y los tres desayunos, con un espléndido buffet, y sin requisito de pase de lista. La primera noche todo fue normal. Gi es un hombre muy romántico, no es este el lugar donde mencionar nuestras costumbres eróticas. Más puedo decir que agotamos la luna de ese verano tan llena como nuestros cuerpos. Y logramos llegar poco después de las diez de la mañana al buffet del desayuno por gracia de la eternidad.

Pasamos el resto de la tarde caminando y disfrutando del senderismo. Nos acompañaban Luis y su novia, y Roberto, Carlos y Héctor que decidieron estar en una misma caballa, todos ellos de mi departamento, agentes de ventas que se había sacrificado mucho aquella temporada. Los tres mosqueteros como les apodaba, habían cargado con varias botellas de wyskey, vodka y creo que uno o dos tequilas. Luis quizá tenía otras cosas en mente. Gi y yo les comentamos que deseábamos ver la cascada esa noche. A la luz de la luna, y, por qué no, bañarnos bajo las estrellas en la pequeña laguna. Los cinco acompañantes se hicieron los desentendidos, por lo cual al final comente:

-Quizá podamos acompañarlos a tomar al regresar, ¿como ves Gi? -

-Claro, queremos estar un par de horas nada más, seguro convenceremos en la cena a Nubia y su prima para que nos acompañen a la cascada, ¿cómo se llama esa chica, jefe? -

 

Así como era muy romántico, era más de guardar las apariencias mi querido Gimeno que yo.

-Ni idea, pero igual, como dices, podremos invitarlas-

 

Después de todo, muchas de las cabañas, no estaban tan habitadas por parejas, había grupo de amigos y primos, pero esto por ahora no tiene ninguna importancia. Luego de regresar de la caminata vespertina, comimos. Regresamos a la cabaña donde nos alistamos para la cena y mientras muchos aprovecharon esa tarde para disfrutar la laguna; Gi y yo dormimos y leímos un poco, ansiábamos la noche para ir y estar solos en aquella laguna. La cena fue ligera. Gi ni a dos metros se acercó a Nubia. A eso de las diez, salimos de la cabaña y caminamos los sesenta metros. Cuando llegamos, nos iluminó una luna egipcia, lo cristalino del agua en la laguna junto a la cascada semejaba un gran espejo de traslucido esplendor, un pequeño muelle de seis metros de roble la penetraba, su profundidad no abarcaba más allá de los tres metros en su punto más profundo, el estío de verano era lo que mejor combinaba con aquella escena; luna llena, laguna transparente, casca blanquecina y al fondo un horizonte de no menos de doscientos metros. Una vez tirada nuestras prendas de vestir al suelo, nos introducimos en el agua con la pericia de los tritones en el mar. Nadamos unos veinte minutos y utilizamos nuestros cuerpos y nuestras manos para algo más de solo nadar. Habíamos estado cerca ya de dos horas retozando en una orilla de aquel espejo de la eternidad cuando un hecho nos inquietó. Mirábamos las estrellas sinápticamente. Fue entonces que lo vi. Y es aquí, donde me cuesta más trabajo, escribir los hechos que sucedieron.

Era como un sol, pero semejaba una luna llena enorme más no tan grande. Giraba sobre su mismo eje como lo haría una rueda de carro que no se estuviera desplazando o como el de una bicicleta que no alcanzara tanta velocidad. De repente, la distancia que nos separaba, no menos de cincuenta metros en el horizonte, empezó a disminuir. Primero hizo un movimiento hacia abajo como si fuera un elevador, habrá descendido unos treinta metros. Luego su movimiento fue hacia nosotros, en esos instantes Gi y yo habíamos nadado ya al muelle. Y la esfera, deducíamos que era una esfera, aunque no se veía volumen alguno, como cuando se ve la luna frente al mar en el horizonte en esas fotos donde parece rozar el mismo mar; avanzaba con una gran lentitud, tanto que pudimos haber ido y regresado a la cabaña y ella no hubiese llegado aún a la orilla. Estábamos atónitos. Gi fue quien rompió el silencio:

 

- ¿Jefe qué hacemos? Vámonos con los demás, así si nos abducen será a todos en las cabañas-

-Tranquilo Gi, ¿quiero saber qué es? -

 

No mentiré, sentía mucho miedo. Cuando la esfera se encontraba a unos diez metros, quizá; Gi salió corriendo y yo permanecí como petrificado. Entonces, parpadeé; y en ese instante, sentí que el tiempo se detuvo, no obstante, perdí el conocimiento, justo cuando más cerca estaba la esfera. Cuando volví en sí, amanecía. Luis y su novia me hallaron y sorprendidos preguntaron si había dormido toda la noche allí. Quise explicarles todo, pero me pareció tan tonto, aún ahora cuando lo cuento, siento que es tan tonto. Pregunté si habían visto a Gi. Extrañados, sonrieron e hicieron como si no me hubiesen escuchado. Me levanté y fui a la cabaña, no podía creer que Gi no hubiese regresado por mí. Me encontraba molesto, enojado, disgustado por su deslealtad. Ahora me arrepiento. Deseé no volver a verlo más. Me había abandonado, cuando más lo necesitaba. Pensaba en no querer verlo más, deseé no haberlo conocido y ya hasta quería hallar la forma de terminar nuestra relación. Al entrar a la cabaña, primero no lo hallé a él. Luego, me di cuenta que sus cosas no estaban. Al final, me enfurecí más, pues, seguro en su cobardía y vergüenza había decidido abandonar nuestra cabaña, sólo me reconfortaba saber que el carro lo había llevado yo. Fui a la cabaña de los mosqueteros y pregunté si acaso lo había visto. Fue Héctor quien me respondió:

 

-Jefe, perdón que le diga esto, pero si no la controla, no la fume-

 

No entendí su alusión, hasta una hora después de atar cabos. Ninguno de los tres conocía a algún Gimeno. Creí volverme loco. Les hablé de su contratación, de quién me acompañó a la fiesta de navidad, de la persona que enviaba los mails para las juntas semanales, del administrador de whatsapp del departamento. Cada uno de mis ejemplos fue refutado por alguna razón que, al parecer, era el único que ignoraba. Mi adjunto principal era una becaria de una universidad. En navidad había asistido con mi “primo” a la fiesta; para no extender cada uno de los ejemplos, diré que nadie conocía ni había oído hablar de algún Gi. Salí sumamente extrañado de esa cabaña, y decidí ir a hablar con el CEO; es decir, mi propio Jefe. El cual ratifico lo dicho por los mosqueteros. Aseguró que: “usted me pidió expresamente que no le importunara por venir solo a este fin de semana de relax, que quería descansar de todo”. Y me guiñó de un ojo como en complicidad. A pesar que nunca le había expresado mis preferencias sexuales, tuve que confesarle. Tranquilamente me expresó que no veía el problema en ello. Pero yo insistí en que había llegado el viernes con Gi. Y que requeríamos hallarlo. Nadie en el campamento supo darme razón de un joven de su descripción. Ahora, después de tantos años, creo estar olvidando su cuerpo, su mirada, sus brazos. Regresamos el lunes a la inmensa ciudad. Busqué sus papeles en el archivo, pregunté a todos en la empresa, ninguno sabía de quién hablaba. Recorrí cada uno de los hoteles que una vez visitamos, nadie se acordaba de mí o de él, y quienes me recordaban, decían haberme visto con otro hombre, más adulto o de otra complexión. En una palabra, esquizofrenia.

Han pasado casi treinta y tres años. En aquel entonces estaba en la mediana edad, tendría quizá treinta y siete, pasados, soy de mayo por si ocupan. Cada día que ha pasado desde entonces, me pregunto qué fue lo que sucedió. Di parte a la policía, a pesar que no hubo quién reportara una desaparición. Buscaron en los senderos, en la laguna, en la cascada. Busqué en los recuerdos, y fui a los lugares donde pudiera estar Gi. Un barrio, un restaurante, una unidad habitacional, un pueblo que creí recordar me había mencionado, plazas, cines, estéticas, tiendas de ropa, escuelas, malls. Nada, me estaba volviendo loco sin saber qué había pasado. Renuncié a la empresa. Con mis ahorros, contraté a un investigador que no halló nada, ninguna cosa más que yo no hubiese encontrado. Tras cinco años de búsqueda, regresé a la monótona vida de ejecutivo. Busqué trabajo, hallé otro puesto de jefe de ventas; volví, terriblemente, a ser Jefe de ventas en una gran empresa de autos compactos eléctricos; volví a obtener bonos y olvidé aquella fea pandemia que me dejó malos sabores, que me dejó a mí, muy en lo personal un hoyo en el alma y en el pecho; pues me quitó al amor de mi vida.  Traté de olvidar a Gi con otros hombres. En mis cuarenta salí del closet y anduve con cuanto novio se me antojó y me correspondió. En los cincuenta quise vivir con una pareja, pero tras ocho años; rompimos, algo en mí no me dejaba ser. Esta década que ha pasado, mis sesenta, me dediqué a la investigación de hechos paranormales. Ya retirado, tuve tiempo de leer sobre ese fenómeno que había vivido. Algunas culturas han desaparecido sin dejar rastros. Animales y vegetales desaparecieron durante la existencia de nuestro mundo y nadie sabe de ellos, salvo especialista. Descubrí que un personaje de un Gran Libro fue llevado en un carruaje al infinito, a los cielos. A ciencia cierta, todo lo que he leído, no me ha dado una justificación para lo que creo haber vivido con Gi. Soy yo el único que lo recuerda en este universo. No espero que crean lo que les he contado. No pido que crean lo que les he narrado. Hay tantas cosas en el mundo que no tienen explicación. Quizá cuando lean esto, yo también habré desaparecido. He vivido treinta años esperando una respuesta, que alguien o algo me diga por qué conocí a quien, ahora sé, fue el amor de vida y no pudimos estar juntos; y no sé si podremos estar juntos en la eternidad. Pero si después de tantos años escribo lo sucedido (no obstante, que a varias personas les he contado varias veces este relato, ninguna me creyó, todos me tomaban a loco, y poco a poco fui dejando de contarla, mi historia) será porque creo haber hallado algo. Hace unos días, consulté un libro muy antiguo, un incunable que estaba de préstamo en la universidad y que un antiguo amigo que sabía de mis investigaciones, me ofreció poder consultarlo. Lo he hecho, con la poca esperanza que da tras el transcurso de treinta años, leí lo que creo que me da alguna respuesta. Ayer di instrucciones a mi amigo, el del libro, que publique esta historia en los próximos meses. Si lo estás leyendo es que lo ha hecho.

No voy a cansarlos con las vastas explicaciones que podrán consultar en el libro que mi amigo me ha prestado. Hoy, esta noche, tras terminar de escribir estos textos, atravesaré la puerta de fuego. Hay ciertos puntos nodales en el universo donde se abren resquicios de otras dimensiones, por las cuales, accedemos a otros mundos o universos. Quien pudiese ver uno de estos resquicios, podría ver el universo completo en un solo punto, ese mismo universo al que da entrada. Del mismo modo, se puede atravesar a esos universos con el hecho de saber cómo hacerlo, algunas culturas parecen haber desaparecido en medio de su cotidianeidad, quizá fuero abducidas por estos puentes entre universos; pues, y esto lo he leído en ese libro, ciertos puntos son movibles, pueden estar en movimiento como escaleras eléctricas interdimensionales. Tengo la esperanza de que Gi, aquella noche en su huida, mientras yo me desmayaba, él fue atrapado en otro universo; y, como cualquier físico sabe, al dejar de ser un ente en un universo y pasar a otro, todo de él, es negado por el mismo universo para evitar una controversia, lo de la materia no se crea ni se destruye, tan solo se transforma;, salvo que existen restos de existencia, como mis recuerdos o como algún fósil que requiere explorase para hallar la evidencia de que existió en algún otro momento.  Por eso mi recuerdo sigue allí. Hay una sola oportunidad de traspasar esa puerta. No los agotaré con la explicación de cómo lo he sabido. Sólo quiero que sepan que lo haré. Quizá cuando pregunten por mí, nadie sepa quién soy. Es posible, y eso lo decía el libro interminable, que después de algún tiempo terminen pensando que tan sólo fui un personaje más de uno de tantos relatos. No importa, tengo la esperanza que mi amor por Gi, bastará para justificarme.

 

 

José Escot Genderley.

 

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