ENSAYOS MÍNIMOS:

La alusión (o la omisión) del laberinto y del infinito como caso concreto en La casa de Asterión.

No pretendo ser exhaustivo en mi discurso; mucho menos categórico. Apenas soltaré un esbozo del cuento que refiero en el título de este microensayo: Intentaré no exceder más allá de una o dos cuartillas, para que la lectura de este opúsculo sea rápida, ligera y, hasta donde me lo permita mi pobre vocabulario, ameno. Quiero empezar una serie de escritos que hablen sobre mi lectura del universo Borgesiano. Requiero advertirte, querido lector (a), que no me considero un experto en el tema ni en el autor. Soy, si acaso, un fascinado espectador de la creación de nuestro querido y laberíntico Jorge Luis Borges. Mi interpretación pretende darse desde la miopía de alguien que ha consumido nocturnas horas, en la arábica costumbre de leer por las noches, relatos míticos y cuentos arabescos, donde el mejor laberinto sería la confusión entre quién es el que cuenta y quién es el contado.

Desde la primera vez que leí La casa de Asterión, se me hizo un texto cautivador. Me imaginaba los cuartos de una gran mansión, de un itálico edificio; aunque, perfectamente sé que la Creta de Minos dista mucho de ser la Roma de Rómulo, la Urbs, urbi. He de ser sincero y admitir que cuando leí el cuento hace aproximadamente dieciocho años, no sabía quién era Asterión. Aunque, tuve el presentimiento, de que lo conocía. Pues Borges, cual Hansel y Gretel iba dejando migajas como pistas, para que comprendiera qué ese ser mitológico es, quién nos dicen que es al final. Desde el epígrafe, ya que nos habla de un príncipe, hijo de una reina (Pasifae, enamorada del Toro de Creta, como dato curioso). Esto de príncipe, me indujo a imaginar que la casa era una gran mansión, un palazzo, y a su habitante, como un ser (quizá un hombre, quizá una bestia) corriendo desnudo de una habitación a otra.

Luego, cuando el narrador habla de una casa “sin muebles”, con las puertas abiertas, con espacios que se bifurcan, donde se puede perder hasta el mismo dueño, donde se repiten una y otra vez los mismos lugares, las mismas habitaciones, las mismas encrucijadas, las mismas cosas, los mismos hechos, los mismos ciclos, las mismas tristezas, las mismas palabras y las distintas formas de pronunciarlas. Sin mencionarlo, Borges nos encierra en un lenguaje laberíntico. Además, nos caracteriza tan bien al personaje, que sentimos una extraña simpatía por él, que nos entristece saber que tendrá el destino que tiene; alguien tan “juguetón”, finalizar así, tan mansamente (nos recordará a la triste muerte de un manchego desafiador de gigantes molinos). Luego, también nos lo enseñará analfabeta, pero no ignorante. Ya que Asterión no distingue el alfa de la beta. Sin embargo, conoce lo que el filósofo de las ideas dijo sobre la inutilidad de la escritura. Ahora, en este sentido, Borges sabía de la oralidad homérica y, en general, pre aristotélica. Por eso no nos sorprende este hecho en Asterión. Una época donde el conocimiento se trasmitía de viva voz; donde la deidad hablaba, no escribía. Así, alguien, alguno, cualquiera, ninguno, la víctima o el victimario, nadie o todos, le “profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi [su] redentor” (Borges, La casa de Asterión). Irónicamente, vendrá el Mesías, llegará el redentor. Los profetas judaicos o griegos, todos los profetas o ninguno, hablaban o hablan y casi nunca escribieron o escriben. Unos profetizan la venida de un redentor, otros el fin de los tiempos. Y es curioso que la palabra griega que designa “Mesías” sea ahora arto conocida. Los profetas, como dije, no escribían: susurraban, gritaban en el desierto, hablaban con la voz del espíritu, la palabra, el logos, el verbo.

Y nos parece tan oral, tan verbal, tan seminal el texto; que no nos ponemos a reflexionar desde dónde habla el narrador-protagonista. ¿Cómo sabemos de él? y ¿cuál es la dialéctica que está utilizando? Borges escribe de una sentada este cuento, según su propio testimonio. Esto no implica que no le haya limado asperezas. Y es claro que su intención no es hablarnos del ser mitológico ni del mito. Su postulado, su intencionalidad, es el infinito. “Sé que me acusan de soberbia, y talvez de misantropía, y tal vez de locura” (Borges, La casa de Asterión). ¿Quién dice esto?: Asterión, Borges o quién lo está leyendo. Además, nos dice, que la casa tiene un número infinito de puertas, y el infinito acá, basta con que sean catorce. Los árabes hablaban del infinito con el superlativo de las mil y una. Los hebreos crean su superlativo con la duplicación del vocablo, que bien puede significar también el infinito: la noche de las noches, el rey de reyes; y con el mágico, setenta veces siete; donde el doble de siente serían catorce; es decir: el infinito del infinito. A todo esto, la casa es representada como el mundo mismo. Y el mundo es como un laberinto. Todo es infinito, dice Asterión, sólo dos cosas no lo son: él mismo y el sol. El sol como una estrella en el cielo, también es infinito. Él mismo, Asterión, cuando se desdobla y está consigo mismo; o él mismo cuando en vez de leerlo a él, escuchamos la voz de Borges; o cuando al leer el cuento, nosotros mismos somos él mismo, con ese “yo” narrativo, que nos involucra y nos envuelve, también somos infinito.

Como mencioné al principio, no quiero ser exhaustivo. Existen mil y una lectura de los cuentos de Borges. Ésta trata de ser una más, simple y personal. Un cuento tan mínimo, nos dice tanto. Y, como todos los textos de Georgi, el tema que nos presenta y propone, sólo es un pretexto del tema que realmente quiere manejar. Ni la casa es una casa, ni Asterión es quien nos dice que es. El laberinto visto como una casa de cuartos infinitos. La muerte vista como la redención a la soledad, al abandono, al rechazo. Redención para el que vive sin amor, el que vive sin él mismo; pues aún él mismo, se desdobla para creer que puede estar con alguien más, y no estar tan solo en su inmensidad e infinitud. Quien está solo, sabe que hay épocas de la vida, en que la soledad es tan profunda e infinita, que parece tan laberíntica. No por nada, Borges lo escribe a la edad en que lo escribe.

Por lo demás, espero no haber sido indigno de tu lectura. Si vos lo has leído, retorná a su lectura; si aún no tenés el gusto de leerlo, andá. Sólo te advierto que podés sufrir el extravió en esa infinita soledad, que es La casa de Asterión. No olvidés entrar con el hilo confiado de Ariadna o con el deseo mentiroso de Teseo. Y si vos, por casualidad, lográs no perderte; quizá, me encontrés allá, aún perdido.

José Escot Genderley.

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