ENSAYOS MINIMOS III

Del perdón y la memoria en Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874).

 

Hay en los escritos de Jorge Luis Borges un estigma por la memoria, pero no aquella que deviene en el olvido, más bien en esa que recuerda los hechos nunca ocurridos. Un personaje tan criollo como Tadeo Isidoro Cruz puede representar a tantos personajes literarios, justificar a tantos visionarios y traidores que, en nombre de la libertad, acribillan con palabras o con cuchilladas a quienes están o estuvieron de su lado. Y es que “en su oscura y valerosa historia abundan los hiatos”; la conjunción de bifurcaciones donde cualquiera de los caminos que se escoja termina por ser el peor. De matrero a soldado, y de soldado a traidor, y de traidor a héroe, puede haber una vida más literaria, válgame el pleonasmo. Desde la primera vez que leí este cuento, sentí un sabor a justificación. No siempre estamos del lado correcto, pero siempre podemos elegir el lado correcto. No por ser mayoría se tiene la razón, ni por creerse valiente se puede ganar siempre. Y quienes creen que ser valiente o ser imprudente, ser impertinente o independiente, transgresor de lo establecido, baste para tener siempre la razón, pues no. No basta tener la razón; no. Habría que aprender del silencio y de la memoria que es el olvido, pero también es el recuerdo y los sueños compartidos.

Tadeo Isidoro Cruz justifica su vida, quizá Borges también, en un sólo acto de su vida. Anhela el perdón de haber vivido una vida de egoísmo y sin sentido, sin un fin o un destino. Su valor para morir era equidistante a su temor para vivir. Y sus argumentos eran un cuchillo y su hombría. No obstante, conoció mujer y se creyó feliz, así “en aquel tiempo debió considerarse feliz, aunque profundamente no lo era”. Quien lo puede ser en esta vida de tanta iniquidad, de superfluas circunstancias, donde el perdón, dicen, es el olvido; y la venganza es el silencio, muchas veces más fuerte que el mismo olvido. “Porque los actos son nuestros símbolos” y a cada paso nos volveremos a equivocar; y podríamos pasar de ser los rechazados, los excluidos, los arrinconados en una biblioteca municipal o a inspector de aves y mercados, a ser directores de la Biblioteca Nacional. Y todo en el silencio, en la oscuridad de una noche eterna, sin ti y sin tu compañía. Cómo nos puede justificar, entonces, un acto, un momento de valentía, un instante de tener la razón, la maldita e insensata razón. Tadeo Isidoro Cruz sólo sabía que “la tiniebla era casi indescifrable”, tanto como para poder escoger, en la oscuridad de la ignorancia de no saber cuál era el lado triunfador, su propio destino.

Quizá este cuento no ostente la vertiginosidad del Aleph, ni la intriga del Jardín de senderos que se bifurcan; sin embargo, hay un sabor especial en Tadeo Isidoro Cruz, que lo mitifica, que nos identifica y, quizá sin quererlo, también que nos justifica. No sólo por arropar la causa de un paria social, por evitar una injusticia o por enfrentar a sus compañeros, cuando todos creen que están del lado correcto y que la “justicia” es la que a la mayoría gusta, no, no por eso. Sino porque Tadeo Isidoro Cruz sabía que esa noche podía morir y, por un instante, podría justificar su temor a vivir; podría escoger vivir, vivir justo esa noche. “Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento”, y es que acaso, no ya lo había vivido. Quizá en otra vida, quizá en otro momento de su vida, quizá en un sueño o quizá en el pensamiento de Borges. Se perdonó, y aceptó que había tenido el peor de los fracasos, no haber sabido vivir hasta ese momento; pues “comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva dentro”, incluso si es estar solo en la oscuridad de la eterna noche, luchando por un acto justo.

Jorge Luis Borges escribe este cuento pasado los cuarenta años, quizá en una biblioteca pública, mientras leía la Divina Comedia en el tranvía que lo desplazaba de su casa a su trabajo. Con la memoria de un Martín Fierro que esgrime valor y valentía en sus actos, y el perdón ansiado que siempre buscará un escritor por escoger la pluma en vez de la espada, como lo dijera el padre del hidalgo manchego; éstas podrían ser las razones de la existencia de este cuento. Más eso no nos incumbe, estéticamente hablando, el cuento avanza hacia un desenlace que no te suelta en ningún momento. Por eso cuando descubres que Tadeo Isidoro Cruz “comprendió que el otro era él”; entiendes que ha quedado justificada la trama. Que todo el tiempo, nuestro narrador estuvo hablando del otro, del que vive arrepentido de no haber vivido. De un Tadeo Isidoro Cruz que busca el olvido en una noche donde le era tan fácil morir. Y, no obstante, la elige.

Restan dos cosas más que aludir. El epígrafe “estoy buscando la cara que tenía antes de hacer el mundo”; y la cita de Corintios: “Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles, etc.”. Un hombre llega a una edad donde sabe que el perdón y la memoria (o el recuerdo) pueden ser lo último que requiera esperar. Ya no reconoce en el espejo su rostro, y lo busca, busca la cara de aquel joven valiente y temerario que un día fue. Y aunque se sabrá débil, sabe que es cotidianamente rutinario, que asiste del trabajo a la casa, que pasa de la vida a la muerte, sin gloria, sin triunfos que esperar, sin alguien que lo recuerde, sin una mujer o un hijo que lo justifiquen. Y, sin embargo, quién lo diría, quien le podría haber dicho a aquel adulto, un simple  bibliotecario, o un simple profesor, o un simple oficinista, que un día todos sabrían o creerían saber que era un gran escritor. Y, quizá, justamente fue ese momento, en el perdón y en la memoria, que empezó a ser el gran escritor. Quizá cuando escribió este cuento y halló el perdón, su propio perdón, el que lo justificaba con la pluma y no la espada. El que lo justificaba con su vida. Quizá fue en la memoria, su memoria o la nuestra, que alcanzó a justificarlo. Vendrán después otras ficciones que lo justificarán, con mejores argumentos, quizá. Y otros recuerdos que quizá lo hicieron mejor. Aunque, por supuesto, quizá lo han justificado tantos olvidos.

 

 

José Escot Genderley.

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿CÓMO EMPEZAR UN CUENTO?