CUENTO DE LA LUNA DE PERSIA

 

Hasta dónde pesará nuestra conducta para determinar qué soñamos en las noches de Persia, cuando la vida comenzó en una concupiscencia, y la algarabía murió de repente una noche de mil que había entre los dos; y si mi dejas vivir un día más en tu corazón, terminaré mi historia, que habla de otra historia que marca la noche primigenia, donde nadie sabía que un hombre y una mujer pueden crear el universo sin levantarse del lecho; y, mágicamente, en la alcoba las estrellas adivinan que las cortinas blancas de la ventana cubren y vedan lo que frente al sol dejamos pasar, porque nos escondemos para amar, para decir la verdad y para morir en soledad.

El Aqueronte atraviesa nuestra tristeza, y un óbolo en nuestra boca incendia las mentiras con las que pagamos cada alegría que nos decimos; somos felices como las cigarras que cantan y bailan todo el verano; y en el invierno que vivimos, nos falta haber hecho algo; y heredamos a nuestros vástagos, los sueños que no vivimos, mientras ellos tratan de sobrevivir en el desierto inmenso de su juventud, cuando se ignora que es mejor amar un solo día a la persona adecuada, justa y correcta, que vivir la vida en el mar de la soledad de amar a tantos cuerpos que se convierten en cicatrices de caricias que infinitamente se olvidarán; y en el crepúsculo de nuestra terrenidad, por más que queramos evitarlo, recordaremos que un día tuvimos sueños que devinieron en recuerdos no soñados.

Cerca del amanecer, huyes de mí como si fueras un sueño, un fantasma o una princesa que se convierte en dragona con la luz del día. Y yo ignoraba que fueras tan diferente a las demás, que cada una fuera tan distinta a ti. Y sin saber qué hacer, te pedí que regresaras la siguiente noche, y tu sonrisa se tatuó en mis ojos, y tus ojos se perdieron en mi alma… Y fui tu esclavo cada noche que quisiste. Me contabas muchas historias; unos arabescos interminables de flor y canto, de flora y llanto, de mercaderes que vendían sus anillos con genios, y de ingenios de mujer que salvaban a sus amos, que más parecían sus esclavos pues ellas eran siempre quienes decidía; y de Efrits que desesperaban encerrados y juraban matar a quién los liberara al fin; semejante a quienes destruyen a quien los ama, tras tanto esperar a quien los valore, por días y noches, por años y décadas, o por cientos de otros que no fueron lo que esperaban, que les rompieron el corazón, porque una historia es tu historia. Y tú tan solo me dices: “mañana será otro día y continuaré con mis historias”.

Y decidí contar las historias yo, comenzar los erase una vez, los había una vez en un lugar muy lejano, o los …y vivieron felices para siempre, que se convirtieron en vivieron felices mientras pudieron, pues nunca sanaron sus corazones; que, frágiles, cristalizaron como pétalos que mueren en otoño, como rocío del alba que enfría los corazones y alegra las palabras; donde la palabra amarte se convierte en “a Marte”, a la guerra, a la desavenencia, a la violencia. Y me olvidé de los finales felices, de los personajes que creen que todo sale a la perfección, de los locus amoenus, de los sueños y las sirenas, de los grandes valles llenos de flores azules o naranjas, como también de los recuerdos de gigantes y mariposas que son hadas, que a ojos de cualquiera parecen insectos, pero a ojos de algunos infantes, pueden verse en su forma real de seres feéricos; porque los niños aún creen, y creen que el amor todo lo puede. Sin embargo, cuando cumples cierta edad, dejas de creer que con amor basta. Después de golpes en el rostro, en los brazos, o en el estómago; y después de gritos, de peleas, de manipulaciones, de esperas, de “te mato si te vas”, o de saber que han muerto si se fueron. Y decidí no esperarte más esa noche. Y me dormí sin ti, sin tus cuentos, sin tu voz melodiosa, sin que me arrullara tu cuerpo de narradora insaciable.

Al despertar, me hallé en medio de un desierto laberíntico de soledad. Grite fuerte para ver si tú regresabas. Te busqué en el mar. Recorrí mil y un oasis, cuarenta dunas, arriba y debajo de una pluma de avestruz, dentro de las páginas de un libro que contaba la historia de un rey que lo traiciona su mujer y decide matar a sus nuevas esposas cada noche; por las ventanas de cada casa del reino. Recorrí cada minuto de los cuerpos de mujeres que se parecían a ti, pero que eran distintas. Y no pude amar a nadie más, porque nadie más sabía contarme cuentos como tú lo hacías. Y pregunté a mi primer visir por ti; y el gran visir me dijo que habías huido a otra historia. Y me llené de lágrimas como si de perlas negras se tratase; y mi rostro entristeció y mis vestiduras desgarré; y llené mi rostro de polvo y caminé descalzo por el atardecer, en medio del mercado. Vinieron doctores, astrólogos y cadis de todo el emirato; y escuché todos sus consejos. Unos me pedían amarme más a mí mismo, y olvidarme de ti que narradores hay muchas. Otros me pidieron que me iluminaran con zafiros, diamantes, esmeraldas y cuarzos para sacar tu maléfica presencia de mi corazón. Quienes hubo que me dijeron que esto pasaría como la arena del reloj pasa de una parte a otra, minuto tras minuto; pues el tiempo carcome los recuerdos, borra las heridas y olvida los sentimientos; esos les corté la cabeza, pues entendí que no sabían utilizarla. Un anciano, un humilde anciano, (tras de haberles oír días enteros a tantos astrolocos y medilocos, y más merolicos, que los paseantes del mercado de Bagdad, yo su Gran Emir) se acercó al diván donde, sentado cual eminencia eminente, me encontraba, yo, el emir de los emires; y me dijo, mirándome a los ojos sin pestañar ni mirarme con condescendencia, la siguiente sentencia: “¿Quieres hallar a quién te desvela?, ¿quieres que el amor de aquella que te hizo feliz regrese?, espera, tan sólo espera.

Y entendí, que habré de esperar, tanto como la amo. Esperar con la vitalidad que un niño espera. Esperaré pues no es el tiempo el que me la devolverá, no son mis sueños ni mis recuerdos, ni siquiera la esperanza o la paciencia, sino que alguien que escribe mi historia, un día volverá a escribir que estoy con ella…

 

 

José Escot Genderley.

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