¿Te has puesto a pensar en la mar?

 

 

¿Te has puesto a pensar en el mar, una noche en que no se oye nada?, ¿A qué se sonará la nada del mar? ¿O el perfume de la noche?, ¿Los ruidos del día, las estaciones del año?, ¿A qué sabrá nuestro corazón, o nuestros despertares de adolescente?, ¿Qué se dirán las estrellas cuando se guiñan el ojo? ¿Y los elefantes al beber en el río?, ¿de qué hablaran los pájaros antes de irse a dormir? ¿Y las sirenas al ver pasar a Odiseo?, ¿Qué tanto se ahogaran las letras dentro de las palabras? ¿O la gente encerrada en sus casas? Te has puesto a pensar en el mar cuando a solas, llora en silencio. Yo sí…Por eso escribo.

            Y es que escribir me ayuda a  hablar con las aves. A sonreír a las sirenas.  A conversar con el mar. Siempre me cuenta las penas de los marineros. Los pleitos de los peces. Que el tiburón se come a los más pequeños y que la barca le acaricia su espalda mientras recorre sus sueños. La mar –porque también puede ser femenino- ahuyenta sus penas con las olas que salen a la orilla de la playa. Y está esperando al marino que es su amante fiel. Quien nunca la deja, quien siempre está allí para ella. Yo quisiera ser marinero para amar a la mar. O tan siquiera, un
costeño que siempre le otorgue flores en febrero. Pero en esta ciudad, no encuentro alojo a mis sueños. Será que los edificios, me son infieles. O es que el metropolitano prefiere a las mujeres. Yo no sé, ¿Quién sabrá?

            A orillas del mar, encontré un lucero. Que lo mismo me decía que sí, y me decía que no, pero como un juego. Habría que ir a buscar una botella de caña, para Juan pirulero. Y ponerse a conversar con las mañanas y con el rocío y con todos los borrachos de fiestas de enero. A ver si un día de estos, estoy feliz y te invento un no sé qué, que me haga ponerte una sonrisa bajo el sombrero. Que de ripios están llenos, los libros de las librerías de viejo. Y yo sólo sé, que la mar me ha de guardar si me muero.

            Quisiera poder comenzar a vivir como un día lo hicieron, tantos que ahora son los más viejos. O ponerme a bailar en las comparsas de carnaval. Porque soy como un payaso que sonríe y nunca es sincero. Porque he dejado de amar, porque no sé hasta cuándo dejaré de hablar mal y escribirte sin tener nada que decir. Hasta cuándo me ahogaré con la luna y con la miel. Hasta cuándo me quitaré esta piel. Que no soy lobo, soy cordero. Que no soy un escritor, soy un palabrero. Que se inventa metáforas que no son suyas. Historias que nunca son. Cuentos que alivian la memoria. Será que ya no tengo el don. Que me tendré que dedicar a otra cosa, tal vez a
ponerme corbata y llenar informes, o dar clases. O a naufragar en océanos que no conozco. Lector amigo, dime si tu sueñas con los ojos abiertos, o si ya has desistido de entender a este pobre loco. Dime, si en verdad alguna vez te he dicho algo que valga la pena.

            A qué jugar al mago, si no hay artificio. A qué mentirnos con falsas promesas. Mejor fumar un cigarro e intentar salvar al mundo, es más fácil que respondernos si la liebre alcanzará a la tortuga. Si al tiempo –ese maldito consumidor de nostalgias- no le importamos y no porque seamos ajenos a él sino porque él sigue caminando. Habría que estudiar su ritmo, su pereza y su afán de esquivarnos; en vez de ponernos a pensar en qué piensa, la mar, cuando la miramos.

 

            Una vez caminé sobre el mar y estaba soñando. Una vez me enterré en la arena para ver si el mar me encontraba. También vi a una hermosa mujer junto al mar. Y también escuche el mar en un caracol algún año. Estudie en la escuela que el mar ocupa las tres cuartas partes de este mundo. Que hay batallas en la mar. Que hay piratas que la amaron.  Que hay niños que en verano se van al mar. Como se van los sueños al olvido. Que las olas del mar se ven mejor bajo el calor de verano. Que hay mar negro, rojo y anaranjado. Que una princesa en el mar es una sirena. Todo esto también lo he soñado.

            Dime lector amigo, has visto el mar en unos ojos. En una fotografía en las agencias de viaje. Lo has visto que tranquilo es y cómo de repente se levanta y nos echa una mano. Yo sé que la mar no es mala, me lo ha dicho un delfín. Y es como un cuento que con el colorín colorado llega a su fin y permanece olvidado.

            Por eso hoy te hablo del mar, para que lo sueñes a tu lado. Y amanezcas mojado. Que al fin y al cabo, si no lo conoces, al menos habrás probado un pescado. Porque la mar se conforma con que lo sueñes y te haga feliz. Que no hay mejor felicidad que un castillo derrotado con olas, viento y tardes de ocaso.

            Así es como lo he soñado. En esta noche de abril, en esta casa prestada, con estos que son mis sueños y mi mejor regalo. Porque si nada tengo que decir, al menos una sonrisa – de alegría o burla- espero haberte regalado. Ahora me voy a dormir, espero no haberte enfadado. Porque si nada tengo que decir; te he dicho la mar y he estado a tu lado.

 

José Escot Genderley

 

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